Es un sábado de primavera soleado en el oeste de Carolina del Norte, uno de esos días donde el mejor plan local es hacer senderismo hasta una cascada o subir hasta la cima de una montaña.
Pero adentro de esta sala sin ventanas, con techos altos y luces blancas de tubos fluorescentes, la situación es otra: sonido de máquinas de coser, cortes de tela y varias mujeres latinas que escuchan atentas las indicaciones de su profesora de costura.
Están cursando desde las 9 de la mañana y se quedarán allí hasta las 5 de la tarde. También cursan los martes y jueves por la tarde. Se encuentran en el Taller Intensivo de Costura Industrial, una iniciativa de educación popular de Poder Emma.
El objetivo: capacitar a la comunidad latina en un oficio que puede representar una salida laboral y, sobre todo, avanzar en un plan a futuro para crear la primera cooperativa textil gestionada por trabajadoras y trabajadores latinos de la región.
“Aquí uno puede aprender con calma, en su idioma, con cafecito, con pan y con conversación”, explica a Enlace Latino NC, Alan Ramírez, coordinador de la iniciativa y un entusiasta de la costura él mismo.
El programa cuenta con 23 máquinas rectas y 5 overlock, de distintos tipos: algunas para telas gruesas, otras para pieles. Las máquinas fueron donadas por la organización Seed Commons y antes formaban parte de un taller de costura en el colegio comunitario AB Tech.
“Pero no participaban muchas personas: primero era en inglés, el costo era alto, los horarios eran complicados. Son muchas barreras para nuestra comunidad”, dice.
En el Centro Cultural y Económico El Porvenir, donde funciona el taller, es distinto. El currículum tiene 80 horas en total; fue traducido por completo al español y las profesoras son hispanas. Y es gratuito. Los alumnos deben completar 12 productos en total: empiezan por un llavero y terminan con un bolso con cierre grande. Al terminar, los alumnos reciben una certificación reconocida a nivel estatal.
Pero el sueño es más grande:
“Y es que un día podemos crear una cooperativa de trabajadores, donde la gente puede trabajar y ganar suficiente para vivir de eso. Pero no estamos en ese punto todavía. Apenitas vamos viendo cómo cómo abrir este espacio para la gente en una manera segura”, dice Ramírez.

Un programa de costura comunitario
“El programa de Costura Industrial funciona en el marco de la Universidad Popular, que forma parte del ecosistema de Poder Emma”, explica Ramírez. Además de este taller, actualmente también dictan clases de inglés y de computación para la comunidad.
Los talleres son la respuesta de la organización a las necesidades e intereses de la comunidad. Por caso, el Taller de Costura surgió de una encuesta comunitaria en la que la costura apareció como uno de los intereses y salidas laborales más mencionados en la comunidad latina de la zona.
Según Ramírez, uno de los objetivos de Poder Emma es consolidar fuentes de trabajo para fortalecer la comunidad y apoyar la lucha contra el desplazamiento. En Emma, el 80 por ciento de los residentes vive en casas móviles y la mayoría trabaja en empleos de bajo salario: hospitalidad, servicio doméstico y construcción.
Para eso, dice Ramírez, deben dar un paso más: “No solo podemos quedarnos en brindar servicios”. Tenemos que aprender cómo vamos a vender un producto. En nuestro ecosistema hay servicios de cuidado de niños, de contadoras e intérpretes. Pero todos venden un servicio. Queremos aprender a vender un producto.”
Por ahora se trata de la etapa de aprendizaje. Los alumnos son en su mayoría residentes de Emma-Erwin, pero también llegan de más lejos. En esta camada hay una joven de 22 años con su propia boutique en el Mercado La Pulga, en Fletcher; una mujer con una pequeña máquina en su casa; otras mujeres que buscan conseguir trabajo en fábricas textiles.
“Estamos viendo cuál va a ser nuestra industria. Pero empieza con saber cómo usar una máquina“.

Un oficio con raíces en la comunidad
La industria textil tiene raíces profundas en Carolina del Norte. Aunque hoy sea una industria chica, tuvo un pasado importante en el estado: En 1996 había 2,153 plantas con más de 233,000 empleados.
Pero diez años después, el número de plantas había caído un 40% y el empleo un 65%. Entre las razones de esa caída se encuentran la competencia internacional más barata, los tratados de libre comercio y la automatización del trabajo, según se detalla en el informe Key Industries: Textiles & Apparel.
En el oeste, sin embargo, sigue siendo una industria clave: cuenta con casi 50 fabricantes de equipamiento outdoor y se fabrican tiendas de campaña, hamacas, kayaks, bolsas, chalecos salvavidas, componentes de bicicleta y ropa técnica para la montaña.
El rol de la comunidad latina
La comunidad latina forma parte de esa historia. Según Ramírez, muchas personas tienen experiencia en costura: quienes trabajaron en fábricas en sus países de origen, quienes lo hicieron en plantas textiles aquí en el oeste de Carolina del Norte, y quienes aprendieron el oficio en casa, un conocimiento que se fue pasando de generación en generación.
“Creo que siempre ha sido un buen ingreso para la comunidad, pero cada vez han salido más y más barreras para las personas”.
En 2008, agentes de inmigración detuvieron a 57 trabajadores en Mills Manufacturing, una fábrica de paracaídas para el ejército en Asheville. Fue la operación migratoria más grande en la zona y aún hoy tiene un impacto en la comunidad. “Fue una etapa fea”, dice Ramírez.
Otra de las barreras ha sido la implementación del E-Verify, un sistema federal que obliga a los empleadores a verificar el estatus migratorio de sus trabajadores. Desde 2013, en Carolina del Norte es obligatorio que todas las empresas con 25 o más empleados lo usen, lo que dejó sin opciones laborales a gran parte de la comunidad.
A eso se suman las barreras del idioma, la falta de capacitación, los bajos salarios y la dureza física del trabajo.
El taller busca cambiar esta realidad y colaborar en la revitalización de la industria textil y en la creación de oportunidades de empleo para la comunidad. “Nuestra misión es cambiar esa narrativa de que este trabajo es para pobres, para mujeres solteras, como en otros países”, dice. “Asegurar el respeto por esta industria y por la gente que trabaja en las fábricas.”

El laboratorio costurero
Además de las clases, cuentan con lo que llaman “Laboratorio Costurero”: un espacio de horas libres para que la comunidad utilice el equipamiento. Por ejemplo, quienes ya completaron la capacitación y quieren emprender pueden hacerlo en el taller. O quienes quieren usar las máquinas para realizar proyectos personales también podrán hacerlo.
“Hay mucha gente que tiene sus máquinas de costura en casa. Les gusta hacer sus arreglos, sus cortinas, sus cosas. Pero tal vez les falten entrenamiento oficial o más materiales. Y muchos no saben cómo arreglar sus máquinas”, dice.
“Nuestra iniciativa es para traer a esa gente que le gusta y que quiere seguir aprendiendo y creciendo en la costura“.
Ramírez espera que este sea el comienzo de una nueva etapa para el barrio, donde el trabajo de costura se valore y permita a sus trabajadores tener una vida digna: “Queremos ser parte de esa revitalización y que los jóvenes y otras personas se interesen por este oficio, que es tan esencial en la sociedad”.



