El huracán Helene golpeó el oeste de Carolina del Norte entre la madrugada y la mañana del 27 de septiembre de 2024 y se convirtió, en ese mismo momento, en el desastre natural más impactante, mortífero y devastador en la historia del estado.
Pueblos enteros arrasados por el río. Miles de personas sin casa. Una tormenta de una vez en un siglo. Casi tres meses después, todavía una zona de desastre. Casi como una guerra, el oeste es hoy territorio de pueblos y ciudades devastadas, en este caso por el agua.
Y en la primera línea de este campo de batalla, las organizaciones comunitarias lideradas por latinos se transformaron en el puente necesario para llegar a la comunidad hispana, último eslabón en la cadena de ayuda.
Según la organización Caminos, en el oeste de Carolina del Norte viven aproximadamente 50 mil latinos.
En condados como Henderson, el porcentaje de la población latina supera el 12 por ciento y Buncombe llega a más del 8 por ciento.
Sin embargo, la cifra de la comunidad latina no se conoce completamente, debido a los inmigrantes indocumentados y a la reticencia de la comunidad a participar en censos o encuestas.
Es por eso, también, que el rol de las organizaciones locales lideradas por la misma comunidad ha sido crucial para tender puentes, y llevar ayuda a una comunidad que la mayoría de las veces prefiere pasar desapercibida.
“Ya no somos los mismos”
Andrea Golden (Poder Emma) y Dulce Morales (CIMA) hicieron una pausa en su trabajo diario para conversar con Enlace Latino NC sobre los desafíos que enfrenta la comunidad latina del condado de Buncombe tras el huracán Helene.
También hablaron de las fortalezas que han emergido en un contexto donde las crisis no han dejado de acumularse.
“Tenemos consejos de vecinos y una de las cosas que nos llamó la atención es que los adolescentes dijeron que extrañaban los días sin luz porque los hacía sentir más conectados con su familia”, explica Golden. Para muchos, esos momentos de adversidad crearon espacios para la unión familiar y fortalecieron los lazos comunitarios.

Para Morales, las redes comunitarias son esenciales, especialmente para aquellos sin familiares cercanos en la región.
“Es como si en ese momento hubiera tenido otra familia”, dice, recordando la solidaridad que floreció tras el huracán.
Poder Emma y CIMA trabajan en los barrios de Emma y Erwin, una zona mayoritariamente latina ubicada cerca del centro de Asheville, pero con necesidades particulares.
La comunidad latina, que depende en gran parte de la industria de servicios y el turismo, enfrenta despidos y meses de pagos perdidos tras el huracán.
Morales resalta uno de los mayores desafíos: lograr que la comunidad acceda a los recursos.
“Creo que nuestro rol como organizaciones es acompañar sin abrumar”, afirma, refiriéndose a la importancia de la confianza y las relaciones construidas. Por eso destaca el programa.
“Consulta a tu compa”, una iniciativa que lleva 10 años conectando recursos con las familias, en español y mediante redes de confianza lideradas por vecinos.
“La gente confía en nosotros y en los líderes comunitarios, porque son sus vecinos. Esa confianza les permite buscar ayuda en momentos de necesidad, algo que muchas veces no harían solos”, explica Morales.
Después del huracán, el temor de las deportaciones
A medida que la comunidad intenta levantarse del golpe del huracán, nuevas amenazas se ciernen sobre ellos.
Con el reciente resultado electoral y la implementación de la ley HB 10 en Carolina del Norte, muchas familias, especialmente aquellas con estatus migratorio mixto, temen las promesas de deportaciones masivas hechas por el presidente electo Donald Trump.
“No somos quienes fuimos antes del huracán, no somos los mismos. Tampoco somos quienes fuimos antes del resultado electoral”, reflexiona Golden. La incertidumbre y el miedo se suman a los desafíos económicos, dejando a muchas familias en un estado de constante alerta.
A pesar de todo, tanto Golden como Morales encuentran en su trabajo una oportunidad para sostener a la comunidad.
“Tenemos que seguir festejando, teniendo estos pequeños momentos de felicidad, de baile, de encuentro”, dice Golden. “La vida es eso: transitar entre momentos de alegría y de tristeza también, de miedo y de coraje.”
La importancia del idioma
Al atardecer, en una calle casi desierta de Swannanoa, Viviannette Ortiz Caraballo detuvo su camioneta frente a dos mujeres que caminaban por una zona afectada por el huracán.
“Buenas noches, ¿necesitan algo?”, les preguntó desde la camioneta. Las mujeres negaron con la cabeza, pero Ortiz Caraballo insistió:
“¿Tienen medicinas, agua, velas?”. A cada pregunta, las mujeres titubeaban antes de responder: “Sí, necesitamos”.
Entonces bajó del vehículo y comenzó a entregarles lo que tenía disponible, mientras les decía: “Hagan una lista para que cuando alguien pregunte, sepan qué pedir”.

Esa escena resume el trabajo de Latinos Aventureros, una organización sin fines de lucro liderada por Ortiz Caraballo, que recorrió más de 5 mil millas y visitó innumerables comunidades tras el paso del huracán Helene.
“Empezamos con mi SUV, llenándola hasta arriba. Durante los fines de semana conseguíamos voluntarios, pero durante la semana éramos solo nosotros, puerta por puerta, preguntando qué necesitaban”, recuerda Ortiz Caraballo.
La necesidad iba evolucionando con el tiempo.
“Primero pedían agua y comida, pero a medida que volvíamos, pedían cosas más específicas, como aceite o heaters para el frío”, detalla.
Cada visita fortalecía el vínculo con las familias, muchas de las cuales nunca habían recibido ayuda personalizada.
Ortiz Caraballo también aprendió a superar barreras culturales y lingüísticas. En una ocasión, encontró un equipo de voluntarios angloparlantes que repartía alimentos en un parqueadero vacío.
“Llevaban semanas viniendo y nadie salía. No tocaban puertas ni hablaban español”, relata.
En cambio, Latinos Aventureros conversaba con las familias, las escuchaba y adaptaba la ayuda a sus necesidades reales.
“El idioma y el tiempo para escuchar son fundamentales”, afirma.
Para Ortiz Caraballo, la clave no está solo en entregar ayuda, sino en construir confianza.
“La gente no sabe cómo pedir porque no están acostumbrados a recibir. Nuestro trabajo es enseñarles que está bien pedir, que hay personas dispuestas a escuchar y ayudar. Si no haces ese esfuerzo, terminas con un camión lleno y la necesidad sigue ahí”.
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Una ayuda personalizada
En las montañas del oeste de Carolina del Norte, donde las comunidades latinas enfrentan el aislamiento geográfico y las barreras culturales, el huracán Helene dejó un rastro devastador.
Para Ricardo Bello Ball, director ejecutivo de Unidxs WNC, el impacto no solo se midió en casas destruidas, sino en la desconexión entre las ayudas ofrecidas y las verdaderas necesidades de las familias.
“Nuestra comunidad muchas veces trabaja tres empleos para cubrir lo básico. No tienen tiempo para ir a oficinas ni saben cómo llenar formularios, y eso los deja fuera del sistema de ayuda”, explica.
Unidxs WNC opera en una de las regiones más afectadas por el huracán, cubriendo condados rurales como Cherokee, Swain y Macon, donde el turismo y la construcción, pilares económicos, se vieron paralizados.
“La gente perdió semanas de trabajo porque las cancelaciones turísticas hicieron que muchos empleos quedaran en pausa. Esto generó una presión económica enorme para familias que ya vivían al día”, detalla Ricardo.
Frente a esta realidad, la organización de Ricardo adoptó un enfoque directo: llevar los recursos a las puertas de las familias, una por una. “No tenemos grandes oficinas ni una estructura formal como otras organizaciones, pero tocamos puertas. Escuchamos a las personas. Y es esa cercanía lo que marca la diferencia”, afirma.

La falta de financiamiento es uno de los mayores desafíos para Unidxs WNC. Ricardo señala cómo las grandes organizaciones nacionales reciben millones de dólares, pero carecen de la capacidad cultural para conectar con comunidades como la suya.
“Recibimos $10,000 y tardamos un mes en obtenerlos, mientras las grandes organizaciones, que ni siquiera tienen personal bilingüe, reciben la mayoría de los fondos”, comenta con frustración.
Sin embargo, su determinación no se detiene. En solo dos años, Unidxs WNC ha logrado establecer una red de apoyo para cientos de familias en las áreas más remotas, recorriendo largas distancias con recursos limitados.
“Cuando llegamos, muchas veces somos los primeros. Eso nos dice lo importante que es nuestro trabajo”, dice Ricardo.
Más allá de la distribución de ayuda, el trabajo de Ricardo y su equipo se basa en generar confianza y conexión en comunidades a menudo olvidadas.
“Si no entendemos la cultura de nuestra gente, no podemos ayudar. Esa es la diferencia que hacen organizaciones pequeñas como la nuestra”, concluye.
Los desafíos de la comunidad latina
En Marion, una ciudad del condado de McDowell donde la comunidad latina representa aproximadamente el 15.43% de la población, las consecuencias del huracán Helene se sumaron a las desigualdades estructurales que esta comunidad enfrenta.
Aunque las inundaciones arrasaron viviendas y los árboles caídos destruyeron propiedades, el impacto no solo se mide en daños materiales, sino en los retos cotidianos de una comunidad que lucha por recuperarse.
Para Margarita Ramírez, directora ejecutiva del Centro Unido Latinoamericano de Marion, el desastre dejó en evidencia tanto las vulnerabilidades como la resiliencia de los latinos en la región.
“Muchos latinos no tienen otra opción más que regresar a sus trailas, aunque no son seguras. Es lo único que tienen y lo han construido con mucho esfuerzo. Hay un apego muy fuerte porque para ellos es todo su patrimonio”, explica.
Falta de vivienda asequible
La falta de vivienda asequible es un problema grave. Familias que antes pagaban entre $300 y $500 por sus trailas ahora enfrentan alquileres superiores a $1,500 en zonas no inundables.
Para muchas, regresar a sus trailas dañadas, a pesar de los riesgos, es la única opción.
El Centro Unido Latinoamericano trabaja con recursos limitados, ofreciendo entre $400 y $5,000 por familia para reparaciones o materiales, una cifra insuficiente frente a necesidades como la reconstrucción de techos, que pueden costar $10,000.
“Solo podemos cubrir la mitad”, lamenta Margarita. Además, muchas familias no acceden a ayudas gubernamentales como las de FEMA debido a barreras legales y temor por su estatus migratorio.

Incluso quienes logran ayuda enfrentan otros desafíos. Los hoteles asignados por FEMA están a más de 50 minutos de las escuelas y trabajos, forzando a las familias a regresar a sus viviendas dañadas y hacer reparaciones graduales.
“Las familias se ven obligadas a hacer lo que pueden con lo que tienen. Es una lucha constante”, señala Margarita.
A pesar de estas dificultades, la resiliencia de la comunidad brilla con fuerza.
“Es impresionante ver cómo las familias se apoyan entre sí. Hermanos, vecinos y amigos comparten sus hogares y recursos. Esto demuestra la fuerza y la unión que tenemos como latinos”, afirma.
El Centro Unido no está solo. Organizaciones comunitarias y líderes locales han aportado agua, alimentos y recursos esenciales, pero la falta de apoyo estatal y federal sigue siendo una barrera significativa.
“El trabajo de organizaciones pequeñas como la nuestra es crucial. Somos los únicos que llegamos a lugares remotos donde nadie más puede. La relación que tenemos con nuestra comunidad nos permite hacer un impacto real”, concluye Margarita.
El caso de Marion refleja un problema más amplio que afecta a comunidades rurales en todo el estado: falta de infraestructura, barreras lingüísticas y acceso limitado a recursos profundizan las desigualdades, especialmente para las comunidades latinas e inmigrantes.



