Es un sábado por la tarde en el River Arts District. La mitad del cielo es blanco cegador, del color de la resolana de un día de verano. Pero del otro lado del puente que cruza el río French Broad, el cielo es pura tormenta, de un azul tan oscuro que podría ser negro.
“Esperemos que no pase nada”, dice Jannette Montenegro mientras mira el cielo desde el deck de Cotton Mill Studios. El edificio alberga siete negocios, uno de ellos es el restaurante familiar Guajiro. Hace dos años, ese mismo lugar quedó destruido tras el paso del huracán Helene por la ciudad de Asheville.
Montenegro y su esposo, Richard Patiño, son los dueños del edificio y socios del restaurante que su hijo, Christian Barroso, junto con el chef Joel Morales, dirige. Desde el 27 de septiembre de 2024, el objetivo de esta familia cubanoamericana ha sido recuperar lo perdido y devolverle la vida a una zona que todavía se ve fuertemente afectada.
“Estamos sentados en un lugar que estaba bajo el agua, y eso es bien impresionante”, recuerda Montenegro en una entrevista con Enlace Latino NC. En el restaurante, en ese momento, las personas empiezan a llegar a cenar; suena salsa y un mural de Celia Cruz con flores artificiales está a punto de terminar.
Guajiro reabrió la semana pasada en el mismo edificio donde nació como food truck, justo antes del segundo aniversario de Helene. Es uno de los pocos negocios de la zona que lograron volver a su lugar.
A su alrededor, el paisaje aún muestra las marcas del huracán. Hay negocios que nunca volvieron, edificios que ya no existen, el sendero junto al río sigue parcialmente cerrado y, del otro lado de la calle, un homenaje recuerda todo lo que se perdió.
“De esta parte del River District somos el único negocio que ha regresado”, explica Montenegro.

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El reto de la recuperación económica
Helene fue la tormenta más mortífera y costosa en la historia de Carolina del Norte, con daños estimados en casi 60,000 millones de dólares, según el gobierno estatal. Dos años después, muchos pequeños negocios del oeste del estado volvieron a abrir, pero aún no ganan lo que ganaban antes.
“Todavía hay un estrés bien grande en el área, un sentido de agotamiento, de ansiedad”, dijo Claudia Gutiérrez, gerente de programas del Western Women’s Business Center, en entrevista con Enlace Latino NC.
La organización está a punto de publicar una encuesta sobre la situación de los pequeños negocios en los 22 condados del oeste del estado, y este medio ha tenido acceso a los datos. De unos 60 negocios que habían recibido asesoría o préstamos, el 68% está totalmente abierto y cerca del 28% opera con capacidad reducida.
Más de un tercio perdió más de 75,000 dólares en ingresos después del huracán, y el 92% señaló el flujo de efectivo como su principal necesidad actual. “Hay muchas empresas que han logrado reabrir, pero eso no significa que se hayan recuperado”, afirmó Gutiérrez.
Otra encuesta de Mountain BizWorks, una organización de Asheville que presta dinero a pequeños negocios, apunta en la misma dirección. Entre más de 700 de sus clientes, tres de cada cuatro ganan lo mismo o menos que antes de Helene, y la inflación y el aumento de costos ya pesan más que el propio huracán entre sus preocupaciones.
El costo personal de reconstruir
El matrimonio conoce Asheville desde los años 80, cuando la ciudad era “bien, bien americana”, según recuerda Patiño. Hoy reparten su vida entre Asheville, Miami y Puerto Rico, pero en los últimos dos años casi toda se les fue a este edificio.
Montenegro todavía reconoce a quienes estuvieron ahí. El día de la entrevista, un bombero de Asheville se le acercó en el restaurante y le preguntó si lo recordaba. “Claro que sí”, le respondió. Él llegaba todos los días con botellas de agua para que pudieran beber.
Esos primeros meses fueron de pura supervivencia. Pasaron casi dos meses sacando lodo del edificio, estuvieron tres meses sin agua y casi dos sin electricidad, y comían lo que traían World Central Kitchen y los voluntarios. Cada noche manejaban entre 30 y 40 minutos hasta Alexander para bañarse, junto con los empleados y sus familias, en casa de unos amigos.
“Fueron cosas bien primitivas”, dijo Montenegro. Dos años después, cada helicóptero que pasa le recuerda el ruido de los aparatos militares que sobrevolaban el río en esas semanas.
Según Montenegro, la decisión de reconstruir llegó cuando la ciudad colocó en el edificio un aviso de inmueble condenado, que la pareja impugnó. “Esa pelea nos dio el ánimo de decir que no, esto no está condenado, esta área va a regresar”, contó.
El edificio estuvo vacío durante casi dos años. Para sostenerse, la pareja recurrió a sus ahorros para el retiro y recortó gastos. Guajiro, en cambio, siguió funcionando en un camión de comida que un amigo les vendió, estacionado frente al local de Hi-Wire Brewing en Biltmore Village, que no les cobró renta durante ese tiempo. Así el restaurante mantuvo a sus empleados.
“Es un proyecto que abarca todos los aspectos de tu vida”, dijo Montenegro. Los electricistas y plomeros que trabajaron en el edificio todos los días durante dos años terminaron siendo, en sus palabras, una nueva familia. “Pero ha sido sumamente difícil”.

El peso de las deudas y del estrés
No todos los inquilinos del Cotton Mill volvieron. Un bar que llenaba sus mesas cada fin de semana no pudo recuperarse: venía con deudas de la pandemia y, con la inundación, lo perdió todo, contó Montenegro. Otros inquilinos se mudaron de Asheville o hoy se dedican a otra cosa.
Gutiérrez ve el mismo patrón en toda la región. Durante la pandemia, muchos negocios obtuvieron préstamos con la ayuda de la Administración de Pequeños Negocios (SBA, por sus siglas en inglés). Cuando llegó Helene, todavía los estaban pagando y la agencia volvió a ofrecerles crédito de emergencia.
“Entonces ahora, en vez de un préstamo, son dos”, dijo. Algunos prestamistas, además, dejaron de prestar mientras la región seguía devastada.
A las deudas se suma un desgaste que no se refleja en los números. Según Gutiérrez, muchos dueños se ocuparon primero de su recuperación personal y solo después de sus negocios. Algunos perdieron su casa. “Una persona tiene que recuperarse de eso y después decir: bueno, ahora me voy a enfocar en mi negocio”, dijo.
El turismo, del que depende buena parte de la economía de la región, tampoco ha vuelto del todo. En 2023, un año antes de Helene, los visitantes gastaron casi 3,000 millones de dólares en el condado de Buncombe, el 20% de su producto interno bruto, según Explore Asheville.
En 2024 esa cifra bajó a 2,650 millones. En los primeros siete meses de 2026, la ocupación hotelera fue del 62%, nueve puntos porcentuales por debajo de la de 2019, según la misma agencia.
Alejandro Hernández Herrera, originario de la Ciudad de México, lleva 18 años al frente de King of Kings Painting. Cuando pasó el huracán, la casa que su equipo estaba pintando quedó destruida y nunca cobró el trabajo. Durante casi tres meses tuvo que buscar empleo en otras partes para pagar la renta.
Un préstamo de Carolina Small Business Development Fund le permitió reponer las herramientas que perdió. Pero llegaron a la región compañías de otros estados con precios más bajos, y los constructores con los que trabaja frenaron proyectos hasta vender las casas que ya tenían.
“El dinero se va como agua”, dijo Hernández a Enlace Latino NC. “Ha sido muy difícil para mí, pero estamos echándole todas las ganas del mundo para seguir”.

Los desafíos de los negocios latinos
Gutiérrez dice que los negocios latinos a veces tienen más dificultades para acceder a los recursos disponibles. No porque no existan, aclara, sino por cómo se los mira dentro de la comunidad.
“A veces, en la comunidad latina, tenemos como un pensamiento de que ‘no, yo estoy bien, no me sucedió nada muy terrible, todavía mi negocio está aquí'”, dijo. Pero, según ella, casi todos los negocios sufrieron económicamente.
Además, agrega, hoy hay mucha incertidumbre en la comunidad latina y eso también afecta a esos negocios, más allá de lo que dejó el huracán.
En el condado de Henderson, donde se concentra la mayoría de los negocios latinos de la región, Melisa S. Escobar lo ve a diario. Dirige True Ridge, una organización que atiende a las comunidades latinas de los condados de Henderson, Polk y Transylvania.
“Se juntaron dos tornados”, dijo Escobar a Enlace Latino NC. Primero llegó la recuperación del huracán y después, la subida de precios, de la gasolina y de los aranceles.
Los dueños de negocios que ella conoce le dicen que las ventas no se comparan con las de hace dos años. “La gente no está consumiendo igual”, explicó. A eso se suma la situación migratoria. “La gente tiene miedo de hacer promociones y de estar muy a la vista del público”.
La recuperación desigual del River Arts District
Mientras tanto, en uno de los distritos más turísticos de Asheville, la recuperación se ve distinta según desde dónde se mire. Montenegro la describe como una letra K. En su edificio, las galerías siguen vendiendo cuadros de entre 5,000 y 20,000 dólares.
“El que va bien, le va bien, y el que no, se queda atrás”, dijo. “El trabajador está sufriendo mucho”.
Ese desequilibrio también se siente al contratar. Según Montenegro, mucha gente se fue de la zona después del huracán porque todo está tan caro que un trabajo normal no alcanza para sostener la vida, y otros se fueron por problemas de inmigración.
Guajiro tiene casi diez empleados. “Necesitamos más”, dijo Patiño.
Y aunque hoy parezcan completamente recuperados, saben que el camino será largo. “Nosotros, como dueños del edificio, no vamos a recuperar nuestra inversión, a lo mejor en nuestra vida”, dijo Montenegro. “Pero es algo que le dejamos a nuestro hijo”.


