Después del huracán Helene, el agua potable se convirtió en una urgencia, un artículo de primera necesidad con el que nadie contaba. En los parqueaderos de casas móviles del oeste de Carolina del Norte, muchas familias latinas no sabían dónde pedir ayuda.
Lejos del centro de la ciudad, aislados, y con las barreras del idioma y las diferencias culturales, las comunidades latinas se encontraban solas.
Dulce Mirian Porras, vecina del barrio Emma en Asheville y residente también de un parqueadero de casas móviles, lo tuvo claro: junto a su hija Daniela y a la joven salvadoreña Génesis, activaron lo que hasta entonces era solo una idea.
Semilla de Vida, el proyecto que habían imaginado como una red de huertos comunitarios, se convirtió en una respuesta inmediata frente a la emergencia. “Vimos la inmensa necesidad y quisimos ayudar”, contó a Enlace Latino NC.
Comenzaron con lo más urgente: agua potable. Desde su propia casa, ella y las jóvenes voluntarias organizaron las primeras entregas. Durante esas primeras semanas, Semilla de Vida se encargó de repartir generadores, comida, combustible, gas, parrillas, herramientas y suplementos básicos.
“Nos juntábamos casi diario a descargar, a acomodar, a checar a dónde estaban las personas, a dar apoyo emocional y también logístico”, recordó.
Resistir sembrando comunidad
Con el correr de los días, cuando las necesidades inmediatas como el agua y la comida empezaban a cubrirse, aparecieron otras urgencias. Muchas personas habían perdido su vivienda, o sus casas estaban dañadas por árboles caídos. El acceso a un lugar seguro para vivir se volvió prioritario.
“Un poquito más adelante, cuando vimos que la necesidad más grande era la vivienda, distribuimos alrededor de 9,000 dólares en asistencia inmediata para que las familias pudieran pagar renta o relocalizarse”, explicó Porras, quien es inmigrante mexicana y vive desde hace más de 25 años en el oeste de Carolina del Norte.
Como organizadora comunitaria, ha trabajado siempre con familias latinas, muchas de ellas indocumentadas, que enfrentan barreras estructurales para acceder a servicios básicos.
“A veces no se pide ayuda por miedo, por el idioma, por no saber cómo. O simplemente porque sentimos que ese apoyo no es para nosotros”, explicó. Cuando Helene golpeó la región, Dulce ya sabía que su rol no sería solo asistir, sino abrir caminos donde el Estado no llega.
El proyecto que nació en medio de una tormenta creció como red de acción territorial. Y si bien siguen cubriendo necesidades urgentes, el foco se ha desplazado hacia otro objetivo: la soberanía alimentaria frente al cambio climático.
“La necesidad que responde Semilla de Vida es primero la conexión con nuestras raíces, con nuestros ancestros y con nuestro continente. Y para seguir construyendo fortaleza en nuestras vidas como inmigrantes que hemos salido de nuestra tierra, pero que aquí también esta tierra nos ha recibido”, dijo Porras.

Le puede interesar>> “Que aparezca el culpable”: pide familia de dominicano arrollado en I-40 en Raleigh
Una red de sostén comunitario
El impulso inicial no se apagó. Con el tiempo, el equipo de Semilla de Vida comenzó a visitar casas en el oeste de Asheville, Candler, Erwin, Arden y Hendersonville.
En cada hogar, observaban los espacios disponibles, hablaban con las familias y armaban juntos un plan de siembra.
“Algunos es su primer año de siembra, otros son expertos —dijo Porras—, y entre todos compartimos conocimientos y nos apoyamos en este trabajo tan hermoso de producir alimentos en casa.”
Lo que había sido una respuesta de emergencia se convirtió en una estrategia de largo plazo: asegurar el acceso a alimentos, reconectar con la tierra y fortalecer la autonomía de las familias desde sus propios patios.
Actualmente siguen repartiendo comida, pero una vez por mes. Y se enfocan, sobre todo, en el desarrollo de huertos comunitarios.
Mientras sostienen la distribución mensual de alimentos, Semilla de Vida profundiza su apuesta por la soberanía alimentaria como forma de resistencia al cambio climático y a la exclusión. Lo hacen en comunidad, desde los márgenes, con las manos en la tierra.
“Yo creo que se puede construir un futuro mejor. Un mundo mejor. Si buscamos la ayuda mutua, la colaboración, el ser cuidadores del ambiente en el que nos rodeamos”, dijo Porras.



Agradecer también es sembrar
El trabajo de Semilla de Vida es posible también gracias a una red más amplia de colaboración.
Porras reconoce el acompañamiento de organizaciones como Swannanoa Communities Together, Aflorar Herb Collective, Day One Relief y la Zakat Foundation of America.
Pero sobre todo agradece a los voluntarios de la comunidad, quienes, sin esperar nada a cambio, “se solidarizaron durante y después del huracán” y siguen presentes en cada entrega, en cada visita, en cada semilla sembrada.



