Hace 48 años, mientras el mundo celebraba el Mundial de Fútbol de Argentina 1978, una dictadura militar aprovechaba el mayor espectáculo deportivo del planeta para proyectar una imagen de normalidad. 

Detrás de los estadios repletos, los festejos y las transmisiones internacionales, miles de personas eran perseguidas, secuestradas, torturadas y desaparecidas.

El fútbol no provocó aquellos crímenes. Tampoco fue su causa. Pero sí se convirtió en el escenario perfecto para mostrarle al mundo un país distinto al que vivían millones de argentinos.

Casi medio siglo después, el Mundial vuelve a disputarse en Estados Unidos. Las diferencias entre ambos contextos históricos son profundas y evidentes. 

Entre las diferencias más evidentes entre ambos contextos está la forma en que el poder ejerce y comunica sus acciones. 

La junta militar argentina operó desde la clandestinidad: ocultó los centros de detención, negó sistemáticamente las desapariciones y construyó un aparato de silencio para encubrir la represión.

En contraste, la administración del presidente Donald Trump no oculta su política migratoria.

Los operativos del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) son públicos, se difunden en conferencias de prensa, videos y comunicados oficiales, y el propio presidente los presenta con frecuencia en sus redes sociales como logros de su gobierno y victorias en su estrategia de control migratorio.

Sin embargo, existe un paralelismo que merece ser observado: mientras millones de personas tienen su atención puesta en el deporte, el debate público sobre otras realidades pierde espacio.

“Pan y circo”

La frase pan y circo sigue vigente. Los gobiernos han comprendido desde hace siglos que los grandes espectáculos unen, emocionan y desvían, al menos temporalmente, la mirada de los conflictos que atraviesa una sociedad.

Hoy Estados Unidos enfrenta una profunda polarización política, cuestionamientos sobre su política migratoria y un clima de creciente tensión hacia las comunidades inmigrantes. 

En ese escenario, la administración del presidente Donald Trump ha intensificado los operativos de ICE, una estrategia que ha sido objeto de críticas por parte de organizaciones defensoras de los derechos humanos y de los inmigrantes.

Las cifras cuentan una parte de la historia. Hasta junio de 2026, 19 personas habían fallecido en centros de detención de ICE. 

A ello se suman varios casos de personas que murieron tras recibir disparos durante operativos migratorios, hechos que hoy generan preguntas, investigaciones y exigencias de transparencia.

Entre esos nombres están Renee Good, Alex Pretti, Lorenzo Salgado Araujo y Joan Sebastián Guerrero.

Pero los nombres importan más que las estadísticas.

Cada uno representa una familia que espera respuestas. Padres, madres, hijos, hermanos y vecinos continúan preguntándose cómo una detención terminó convirtiéndose en una tragedia.

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¿Por qué nos están matando?

La pregunta nace del miedo que hoy atraviesa a miles de inmigrantes.

Porque la persecución ya no distingue únicamente entre personas con o sin documentos. En numerosos operativos, el idioma, el color de piel, el lugar de trabajo o simplemente la apariencia parecen convertir a alguien en sospechoso.

Durante años, el discurso político ha construido al inmigrante como responsable de casi todos los males del país: la inseguridad, la economía, el empleo, la educación o la salud.

Ninguna política de persecución puede sostenerse únicamente con agentes en las calles. También necesita un relato. 

Ese relato encuentra hoy en las redes sociales un amplificador formidable, donde la desinformación, el miedo y los discursos de odio circulan con una velocidad nunca antes vista.

“Miente, miente, que algo queda”, reza una vieja frase atribuida a la propaganda política. Repetir una mentira suficientes veces termina convirtiéndose, para muchos, en una aparente verdad.

Mientras tanto, millones de inmigrantes continúan levantándose antes del amanecer para trabajar, pagar impuestos, sostener sectores enteros de la economía y perseguir un sueño americano que parece alejarse cada vez más.

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El miedo se respira

Se percibe en quienes ya no llevan a sus hijos a determinadas actividades, en quienes dejaron de acudir a citas médicas, en quienes evitan denunciar delitos por temor a convertirse ellos mismos en el siguiente objetivo.

Los operativos continúan. Las investigaciones avanzan lentamente. Las familias esperan respuestas.

Y el Mundial sigue su curso.

Hace 48 años, el fútbol ayudó a construir una imagen que ocultaba parte de la realidad argentina.

Hoy, sin equiparar contextos históricos ni sistemas políticos, vale la pena preguntarse si el mayor espectáculo deportivo del planeta vuelve a coincidir con un momento en el que miles de historias humanas quedan relegadas a un segundo plano.

La Copa del Mundo terminará. Los estadios volverán a vaciarse.Las transmisiones concluirán.

Pero las familias de Lorenzo Salgado Araujo, Joan Sebastián Guerrero, Renee Good, Alex Pretti y de tantas otras personas seguirán esperando justicia.

Porque cuando el último silbatazo marque el final del Mundial, la pregunta seguirá siendo la misma:

¿Cuántas vidas pueden quedar ocultas mientras rueda la pelota?

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Emprendedor y cofundador de Enlace Latino NC. Periodista argentino con más de 20 premios nacionales de periodismo por la Asociación Nacional de Publicaciones Hispanas de los Estados Unidos (NAHP).

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