Los hombres regresaron del campo casi a las ocho de la noche, con la tierra y el sudor sobre el cuerpo. En las viviendas móviles donde descansaban no había aire acondicionado y todavía les quedaba preparar la comida.
Thomas Florek recuerda que, aun después de aquella jornada de trabajo, recibieron a los visitantes con alegría.
El viernes 2 de octubre, la historia volvió a repetirse en un campo de la ciudad de Wilson y los trabajadores recibieron a Florek y a sus acompañantes con la misma hospitalidad.

Para el sacerdote jesuita, ese encuentro resume el sentido de acompañar a quienes trabajan lejos de sus familias: estar presentes, escuchar y hacerles sentir que no están solos.
Esa convicción tiene raíces en una casa de adobe en Tlaxcala, México, donde una familia lo recibió cuando tenía 19 años y apenas podía comunicarse en español.
“Ellos compartieron todo conmigo», cuenta Florek, hoy director ejecutivo de Catholic Migrant Farmworker Network (CMFN), la Red Católica del Campesino Migrante con Enlace Latino NC.
Más de medio siglo después, busca corresponder a aquella hospitalidad formando comunidades que acompañen a los trabajadores agrícolas.
En medio de las dificultades, tiene claro lo que quiere dejar: “Un sentido de esperanza» y una buena herencia para la próxima generación”.
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La migración, parte de su historia familiar
Antes de conocer los campos mexicanos, la migración ya formaba parte de su historia familiar.
Florek, de 76 años de edad, nació en Wisconsin hace , un estado del que habla con humor:
“Somos cabezas de queso”, mencionó al presentarse y referirse al apodo a quienes residen en el estado el Medio Oeste del país conocido por su tradición lechera y quesera.
Su padre nació en Estados Unidos, pero su abuelo llegó desde un territorio que hoy pertenece a Polonia y que, cuando emigró, estaba bajo dominio ruso.
Años después, durante un viaje a Polonia con uno de sus hermanos, pudo acercarse a esas raíces.
Descubrió que su abuelo había sido un trabajador del campo sin tierras propias. Ese pasado familiar le ayuda a explicar por qué siente tan cercana la vida de quienes dejan su país para trabajar en las cosechas estadounidenses.
“Mis papás vienen de familias pobres, humildes”, comentó.
Al mirar las oportunidades que él tuvo —educación, una profesión y una vida con necesidades cubiertas—, reconoce una responsabilidad con los demás.
“Ya he recibido mucho”, dijo.
México le enseñó a mirar de otra manera
Florek ingresó a la universidad en 1968, en un país atravesado por el asesinato de Martin Luther King Jr. y las protestas contra la guerra de Vietnam.
Participó en marchas estudiantiles y obtuvo el reconocimiento como objetor de conciencia para no tomar las armas.
Aquella etapa, recuerda, le enseñó a mirar el mundo de forma crítica y a orientar sus decisiones desde el respeto al prójimo.
“Me enseñó cómo ver y actuar en un mundo en una manera crítica, No ‘criticón’ pero crítica y comenzar a hacer decisiones con una crítica ética, simplemente de respeto al prójimo”, expresó.
Un año después viajó por primera vez a México. Tenía 19 años y una idea limitada de las personas que llegaban a Wisconsin a trabajar en el campo.
“Había estudiado español, pero usted sabe, no se capta muy bien la onda de un idioma hasta meterse verdad en la cultura”, comentó entre risas.
Florek, recordó que fue al estado de Tlaxcala compartiendo con un grupo de estudiantes de intercambio vinculados con la Universidad Autónoma de México.
“Esto fue una apertura total y de comprensión. Nunca antes había estudiado de de México, no sabíamos nada, menos que los mexicanos venían al norte, a mi estado para trabajar en el campo”, dijo.
El sacerdote llegó a la madrugada a Santa Cruz Tlaxcala, el rancho receptor donde las dificultades para entender el español y una casa con techo de lámina le hicieron espacio.
“Un choque cultural 200% por un gringo de Wisconsin. Entonces. ¿Hola, como esta? Me llamo Thomás. Y luego la segunda frase importantísimo es. ¿Y el baño dónde está?”, evocó Florek.
Entre las anécdotas de su primer día, el sacerdote recordó el intercambio de información con la familia y el ‘famoso dedazo’ indicando el rinconcito de la casa.
“Era una cocina que yo veía en el National Geographic. Cocina y horno con el piso de lodo. Comencé con la cara del señor de la familia que decía “este gringo no entendía nada de sus palabras”, comentó.
“Se puso a dibujar algo en el piso del horno. Y luego la señora salió con un periódico y me entregó un una hoja y yo en inglés dije que no quería leer un periódico, hasta que su hija salió con un elote y de repente cayó algo. “Oh, my God! ¿No hay baño, cierto? “, recordó Florek riéndose.
Entre desconciertos y risas compartidas, empezó el sacerdoce a conocer una cultura que hasta entonces le había sido ajena.
“Ellos compartieron todo conmigo. Me dieron su único salón”, afirmó.
Regresó a México una y otra vez. Lo atraían, sobre todo, las personas y su hospitalidad.
De vuelta en Wisconsin, participó con otros estudiantes trabajó en la rehabilitación de viviendas abandonadas para inmigrantes recién llegados.
“Porque los fines de los años sesentas y la mitad de los años setentas es cuando llegaron una ola de inmigrantes”
Más adelante ingresó a la Compañía de Jesús, los jesuitas en Chicago, y dedicó buena parte de su trayectoria a la formación de líderes y al trabajo con comunidades migrantes en ambos países.
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Devolver la acogida
En agosto de 2020, mientras transcurría la pandemia, regresó a Estados Unidos después de trabajar en México con comunidades afectadas por la violencia.
Entonces recibió la llamada de un sacerdote amigo, fundador de CMFN: la organización buscaba director.
“Al principio no quería aceptar. Conocía la red porque había impartido cursos con ella y sabía lo que implicaba asumir la responsabilidad”, dijo.
Pero, después de reflexionar, el sacerdote encontró una conexión entre la propuesta y todo lo que había vivido desde su primer viaje a Tlaxcala.
“Yo debo de acompañar a los amigos y amigas que están aquí como migrantes porque yo era migrante en México”, explicó.
Sus primeros años al frente de la organización fueron también de aprendizaje. Recorrió comunidades, escuchó a quienes trabajaban directamente con las familias agrícolas y buscó entender qué podía aportar.
De ese proceso nació Sembrador, un programa para preparar a comunidades parroquiales en el acompañamiento a los trabajadores.

Aprender a escuchar
La primera convocatoria del programa, en la diócesis de Kalamazoo, Michigan, reunió a 15 personas, explicó el sacerdote.
“Catorce habían trabajado en el campo. Querían acompañar a quienes llegaban después de ellos y conocían, por experiencia propia, las dificultades de las jornadas agrícolas”, indicó.
Para Florek, esa disposición debía comenzar con algo sencillo y exigente a la vez: escuchar.
“El primer paso es escuchar», insiste. Durante la formación, los participantes visitaron hogares de migrantes para conversar sobre lo que sus anfitriones quisieran compartir. Después reflexionaron sobre lo que ellos mismos habían recibido en esos encuentros”, comentó.
“La pregunta que les hacía sigue guiando su trabajo: «¿Qué aprendieron de ellos?”, señaló.
Al primer retiro posterior a la temporada agrícola llegaron unas 40 personas, mencionó Florek.
“Quienes habían comenzado invitaron a otros integrantes de sus parroquias. Cuando se les propuso continuar la formación, pidieron seguir juntos: habían encontrado también una comunidad entre ellos”, expresó.
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Una presencia que dé esperanza
En Carolina del Norte, Florek ha escuchado relatos sobre viviendas en malas condiciones, jornadas difíciles y semanas con pocas horas de trabajo.
También ha encontrado trabajadores que desean recibir visitas y sentirse cerca de su Iglesia.
El mensaje que procura el sacerdote llevarles empieza por reconocer su esfuerzo: “Gracias por estar aquí sacrificándose por su familia”
A ese agradecimiento añade otro reconocimiento: su trabajo aporta a la economía de las comunidades donde viven.

Por eso busca fortalecer los vínculos entre parroquias y organizaciones comunitarias.
Espera dejar grupos preparados para escuchar, buscar recursos y continuar el acompañamiento más allá de sus propias visitas.
Al preguntarle qué quisiera haber sembrado cuando mire hacia atrás, Florek se toma un momento. Habla de comunidades unidas y de personas capaces de seguir trabajando por otras, incluso en tiempos difíciles.
«Quiero dejar un sentido de esperanza», responde. Y vuelve la mirada hacia quienes vendrán después: «Dejar una buena herencia a la próxima generación».

