Más de medio año después del impacto del huracán Helene, los restaurantes latinos del condado de Buncombe continúan lidiando con los efectos acumulados de una emergencia climática sin precedentes y de un entorno económico cada vez más restrictivo.
Mientras algunos lograron reabrir sus puertas y adaptarse a nuevas condiciones operativas, otros todavía enfrentan daños estructurales, deudas y una clientela reducida.
El panorama se complejizó con el regreso de Donald Trump a la presidencia. Las nuevas políticas comerciales, que incluyeron tarifas elevadas a productos importados utilizados en la industria alimentaria, han encarecido los costos de operación.
A eso se suma una inflación sostenida y el endurecimiento del discurso y las medidas migratorias, que han afectado directamente a las comunidades latinas.
En Asheville y alrededores, muchos trabajadores dejaron de frecuentar los restaurantes que antes solían visitar, por razones económicas o por temor.
En este contexto, tres establecimientos —muy distintos en tamaño, clientela y trayectoria— relatan cómo atraviesan el presente y qué condiciones enfrentan para sostener su actividad.
La Rumba: abrir en medio del desastre y esperar el regreso de la clientela
Durante días, Reynaldo Macario pensó que su restaurante ya no existía. La noche del huracán Helene, perdió la conexión con las cámaras de seguridad instaladas en el local y vio desde su casa en Hendersonville cómo crecía el agua en la calle.
“Pensé que el río se lo había llevado”, dijo a Enlace Latino NC.
La Rumba es un restaurante de cocina mexicana con influencia sureña, ubicado en el área este de Asheville, junto al río Swannanoa. El establecimiento abrió en octubre de 2021. Tres años después, el 18 de octubre de 2024, reabrió en una fecha idéntica, tras semanas de cierre forzado por el huracán Helene.
Durante el desastre, el río Swannanoa alcanzó un nivel récord de 27.33 pies, el más alto registrado en su historia. El agua rodeó completamente el edificio donde funciona el restaurante, pero no logró ingresar.
Cuando Reynaldo Macario, copropietario del local, llegó caminando entre árboles caídos y calles cerradas, encontró el interior tal como lo había dejado. “Ni una silla fuera de lugar”, recordó en conversación con Enlace Latino NC. Piensa que fue “un milagro”.
El local no sufrió daños estructurales, pero quedó aislado. Swannanoa River Road y parte de Tunnel Road (dos de los accesos principales al restaurantes) estuvieron cerradas durante más de seis meses.
“No teníamos cómo recibir clientes. Aun así, decidimos no suspender ni un turno. Teníamos a 25 personas en nómina, la mayoría latinas, y todos habían pasado por lo mismo”, recuerda Macario en relación a que sus trabajadores también eran víctimas del huracán.
Los primeros días fueron inciertos. Solo llegaban dos o tres mesas por jornada. Bajaron precios, sumaron platillos nuevos y apelaron a la fidelidad de su clientela. “Teníamos que dar algo diferente. Que sintieran que había un motivo para volver.”
La reapertura del puente, a finales de marzo, marcó un punto de cambio. La afluencia de clientes empezó a crecer lentamente.
Aun así, Macario nota cambios que atribuye a las condiciones actuales. “Muchos latinos dejaron de salir a comer los fines de semana. Algunos me lo han dicho directamente: tienen miedo de manejar, de ser parados.”
El aumento en el costo de alimentos también ha afectado. “Las tarifas a las importaciones, la inflación, los precios suben. La gente viene menos. Y a la vez, los empleados necesitan ganar más. Todo se conecta”, señaló.
Macario y su equipo mantuvieron La Rumba abierta todos los días desde la reapertura. “Nunca cerramos. Solo los feriados. Siempre les dije: si fracasamos, fracasamos todos. Si salimos adelante, también será juntos.”
Por ahora, la reapertura del puente trajo alivio, pero el futuro sigue condicionado por los altos costos operativos, las nuevas políticas comerciales y una clientela latina que aún no termina de volver.
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Taquería Rosita: sostener un proyecto pequeño en un panorama incierto
Cuando el huracán Helene golpeó el oeste de Carolina del Norte a finales de septiembre de 2024, Taquería Rosita apenas había cumplido un mes de apertura. El restaurante, ubicado dentro del bar The Odd, en West Asheville, debió cerrar durante más de dos meses.
En la ciudad de Asheville, el servicio de agua potable estuvo suspendido durante 52 días, lo que impidió que muchos restaurantes pudieran operar, incluso aquellos que no sufrieron daños directos.
Luis Martínez, chef oaxaqueño y cofundador del proyecto, recuerda el impacto de esos meses. “Ya veníamos enfrentando una economía difícil”, dijo a Enlace Latino NC. “El huracán mató a muchos negocios. Algunos apenas habían empezado y ya no regresaron.”

La taquería, que trabaja con maíz criollo importado desde México y productos de granjas locales, logró reabrir a finales de diciembre, pero con menos personal.
De cinco empleados, pasaron a dos. “Yo tengo que hacer parte del trabajo igual que mi socio”, dijo Martínez. “Fue la única forma que encontramos para poder seguir.” Además de los daños físicos, la recuperación ha sido más lenta en una ciudad donde el turismo es un motor económico clave.
Según el Departamento Municipal de Turismo de Asheville, unos 20,000 empleos dependen directa o indirectamente de la industria turística. La caída en el número de visitantes tras el huracán impactó de manera generalizada en la economía local, afectando también a negocios como Taquería Rosita.
“Nosotros dependemos de la gente que vive aquí”, explicó Martínez. “Si alguien trabaja en el centro y no hace dinero, tampoco tiene para salir a comer. Hay una codependencia.”
A eso se suma el impacto de las nuevas tarifas a las importaciones, que encarecen los productos esenciales para su cocina. “Una caja de tomates que costaba 18 dólares ahora cuesta más de 40”, afirmó. “Al final, todo eso recae sobre el cliente, pero los márgenes de ganancia ya eran pequeños desde antes.”
Además de la presión económica, la incertidumbre migratoria también pesa. Martínez cuenta que muchos clientes latinos ahora prefieren pedir comida para llevar. “Vienen, recogen y se van. No quieren quedarse mucho tiempo afuera”, explicó.
Más que un emprendimiento gastronómico, Taquería Rosita representa una apuesta por la permanencia.
“Somos personas inmigrantes que tenemos un negocio y contratamos a personas inmigrantes”, dijo Martínez. “Frente a un clima que a veces nos dice que no deberíamos existir, aquí estamos, trabajando.”
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Taquería Monserrat: resistir en familia en el borde de la ciudad
El huracán Helene obligó a Moisés Rueda a cerrar las puertas de Taquería Monserrat durante más de un mes y medio. Las pérdidas fueron considerables. “Perdimos más de 20,000 dólares en mercadería”, dijo a Enlace Latino NC. “Tuvimos que volver a empezar de cero.”
Ubicada en el oeste de Asheville, junto a una estación de servicio y lejos del circuito turístico habitual, la taquería ha sido, desde su apertura hace seis años, un negocio familiar latino.
Un negocio sostenido principalmente por el trabajo de Rueda y sus hijos. Antes del huracán, contaban también con algunos empleados, pero tras la reapertura no pudieron mantenerlos.


La recuperación fue lenta. A la crisis provocada por la tormenta se sumaron el aumento de los costos operativos, impulsado por nuevas tarifas a las importaciones, y un clima de creciente inseguridad migratoria.
Según datos del Censo de 2020, el 8.1% de los residentes del condado de Buncombe se identifican como hispanos o latinos, aunque organizaciones comunitarias advierten que el número real podría ser mayor debido al subregistro de personas que temen participar por su situación migratoria.
En zonas como el oeste de Asheville, donde la comunidad latina sostiene buena parte de la vida económica local, el efecto es palpable.
“La gente ya no quiere gastar, quiere guardar su dinero. Hay miedo”, explicó Rueda. Los cambios en los hábitos de consumo también son visibles. “Personas que venían tres o cuatro veces a la semana ahora apenas si vienen una vez”, dijo.
Hoy, los ingresos diarios de Taquería Monserrat oscilan entre 200 y 300 dólares, una cifra que apenas cubre los gastos básicos. Rueda, inmigrante con más de 30 años de vida en Estados Unidos, admite que la continuidad del negocio está en duda.
“Si ya en el futuro no ganamos ni para comer, creo que lo voy a tener que dejar ir aunque me duela”, expresó.
Antes de terminar la conversación, Rueda quiso dejar un mensaje claro: “Le pido a la gente, si lee este artículo y usted puede ponerlo, que vengan, que todo es una ayuda”, concluyó.
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