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Lo real es que el espanto que causa el Covid-19 modificó las costumbres del género humano/Miguel Á. Padriñán
Prueba de fuego al sistema sanitario
El género humano está en jaque y vive horas de incertidumbre y de miedo por culpa de un patógeno microscópico hasta el punto que la economía se tambalea, la congregación de gente en espectáculos públicos está prohibida mientras los gobiernos han ordenado quedarse en casa con lo que quieren evitar el contagio y su propagación. Vivimos la pandemia del coronavirus.

18 mzo., 2020


Una verdadera prueba de fuego está enfrentando el sistema sanitario de Estados Unidos debido a la pandemia del coronavirus hasta el punto que la actual administración que rige los destinos de la nación, desde la Casa Blanca, se decidió a través de su presidente, el republicano Donald Trump, a declarar, en el país,  Emergencia Nacional luego de negar, de manera reiterada, del peligro que implicaba ese virus.

La incertidumbre y el miedo se respira en el mundo y las calles solitarias es el reflejo de lo que se vive.

En menos de tres meses el patógeno que se encuentra en el aire le ha demostrado al ser humano que a pesar de los avances tecnológicos y científicos sigue siendo vulnerable hasta el punto que le obligó a  cerrar colegios, universidades, bibliotecas y teatros mientras los eventos deportivos, algunos, se celebran sin público o se postergaron al igual que los musicales en espera que ‘la peste’ que nos azota desaparezca así como llegó.

Pero mientras termina la actual pesadilla, como si estuviese en el guión de alguna película de las que se transmiten en las plataformas que están tan de moda, a la gente se le despertó el consumismo apocalíptico.

Sólo hay que verla haciendo interminables filas en los centros comerciales en donde venden alimentos y productos de aseo y la hace a pesar del terror que lleva pintado en el rostro, pero eso se le incrementa cuando alguien, cerca, tose y se cubre la boca con las manos en vez de llevar el rostro hasta el codo como han indicado las autoridades sanitarias.

Es como si…

Pero una de las cosas más graves para quienes van a las tiendas es la carencia de papel higiénico o de ver, en Estados Unidos, los anaqueles de sus mercados vacíos o con productos escasos, como la leche, como si fuese de lujo. Es como si estuvieran en Cuba, después de la revolución encabezada por Fidel Castro, o en Venezuela, durante el régimen de Hugo Chávez o del sucesor Nicolás Maduro, en donde la falta de ese elemento personal, en principio fue noticia y luego pasó a ser una noticia mustia que apenas recuerdan los que lograron exiliarse.

En este punto se puede contar la anécdota del cubano que un día visitó Caracas en su época de esplendor:   “Cada vez que íbamos al baño y durante el proceso de evacuación, nos arreglábamos, hombres y mujeres, con el consabido papel periódico húmedo o estrujado. Aunque parezca hilarante o hasta ridículo, no era incomprensible que un cubano llevase a su casa, desde una nación extranjera, varios rollos de papel sanitario, limpios y aprovechables. Tiempo después la gente vio a una excelente bailarina cubana llevar en la mano, orgullosamente, una tapa de inodoro por todo el aeropuerto de la Ciudad de México. En el momento que le preguntaron las autoridades por aquel artículo que estaba usado, ella les dijo, ‘es para el baño de mi casa en la Habana’…”.

Sin embargo, lo que se ve es como si se hubiese activado una alarma apocalíptica con el coronavirus, algo que aparece en ‘Los ojos de la oscuridad’, novela de terror escrita en 1981 por Dean Koontz. En una de sus páginas dice: “Hacia el 2020, una severa neumonía se expandió por el mundo atacando los pulmones y resistiéndose a cualquier tratamiento conocido”.

Pero esa obra de ciencia ficción no es la única. Si se mira el espejo retrovisor nos lleva hasta Nostradamus, en 1555. Él predijo y su interpretación, para este tiempo, aparece entre paréntesis: “Y en el año de los gemelos (20-20) surgirá una Reina (Corona) desde el Oriente (China) que extenderá su plaga (virus) de los seres de la noche (murciélagos) a la Tierra de las 7 colinas (Italia), transformando en polvo (muerte) a los hombres del crepúsculo (ancianos) para culminar en la sombra de la ruindad (fin de la economía mundial, tal como se le conoce)”. Lo curioso de esas palabras escritas por el médico francés y adivino es que estaban acompañadas de un símbolo semejante al Covid-19.

La ciencia ficción nos precede, vemos en algunas series historias parecidas a las que estamos viviendo. Los gobiernos de allá, de acá y de acullá, declaran en sus naciones “emergencia nacional” y con ello suspenden actividades públicas, nadie puede viajar al extranjero, las escuelas cierran sus puertas mientras sus profesores y profesoras enseñan a sus alumnos a través de Internet porque están en sus viviendas. A la gente se le ordena quedarse en casa o si sale debe hacerlo en soledad debido a la orden de cuarentena o será arrestada o multada mientras que los tapabocas y los antibacteriales, de acuerdo con las empresas farmacéuticas, se encuentran agotados como si todo lo que se está viviendo fuese uno de tantos episodios de la serie ‘The Walking Dead’.

Se modificó

Lo real es que el espanto que causa el Covid-19 modificó las costumbres del género humano como ocurrió, en su momento, con el SIDA en que el uso del condón se hizo necesario mientras que en este tiempo la gente dejó de saludarse con el consabido apretón de manos o si ocurre, después de despedirse, cada quien busca lavarse las manos con agua y jabón.

Sin embargo, lo que más le preocupa a las parejas es que besarse, tácitamente, está prohibido debido a la pandemia. Ya se sabe, según estudios científicos, que la unión de dos bocas con sus lenguas desencadena una gran pasión acompañada del intercambio no solo de saliva, de una boca a otra, sino de 80 millones de bacterias en un beso de 10 segundos.

El viejo terror sigue latente y se extendiese como un producto revelador sobre el planeta o como si en un abrir y cerrar de ojos, hubiese sonado el último toque de trompeta para mostrarle al género humano sus debilidades y sus fallas acelerando con ello el freno de la globalización a través del contagio invisible y  microscópico como han expresado los científicos, Es decir, los virus llamados zoonóticos que son trasmisibles de animales a humanos y que causan algunas de las enfermedades más destructivas de las décadas recientes porque, como dice David Quammen, autor de ‘Spillover. Animal infections and the next human pandemic’ (Desbordamiento. Infecciones animales y la próxima pandemia humana), vivimos en  “una era de enfermedades zoonóticas emergentes”.

 Según Quammen, “hay muchos virus viviendo en animales, plantas y bacterias en los ecosistemas que perturbamos de una u otra forma. Probablemente existen millones de virus. Algunos pueden infectar a los humanos, además de las criaturas en las que estén. Lo que el hombre hace, desde tiempo inmemorial,  es destuir la selva tropical, construir pueblos y minas en esos terrenos. Se talan los árboles y nos comemos animales que, en ocasiones, nos parecen exóticos como, por ejemplo, preparar un murciélago sin importar si es debido por lo que el ser humano se expone a virus que ni siquiera sabe que existen”.   

Un poco de historia

En este tiempo el colectivo de a pie ha recordado que “la mayor amenaza para el predominio del hombre en el planeta, es el virus”. La frase es de Joshua Lederberg, Premio Nobel de Medicina en 1958, y con esas palabras el científico, en ese entonces, vislumbró lo que está sucediendo por estos días. Él ya tenía referencia de lo que había ocurrido a principios de marzo de 1918 cuando se detectaron los primeros casos de una pandemia que cambió el mundo. Según la historia, durante los dos años siguientes, en tres oleadas sucesivas, sucumbieron a la denominada ‘gripe española’ entre cincuenta y cien millones de personas, la mayoría en un periodo de tres meses. El único continente que se salvó fue la Antártida; se registraron casos desde la septentrional Alaska hasta el recóndito archipiélago de Samoa. El virus aprovechó la coyuntura perfecta para mutar a su variante más aniquiladora durante el choque entre imperios, convertido en el escenario ideal para un contagio masivo. Aunque la gripe era una conocida visitante de la humanidad, como lo describió Hipócrates en el 412 antes de Cristo, su sintomatología era peligrosa por lo general solo para los grupos de riesgo.

En 1918 el subtipo encontró a los hombres de ciencia de aquellos años, durante la Primera Guerra Mundial, desprevenidos tanto por la rapidez del contagio como por su elevada mortandad. Ellos no disponían de microscopios con una potencia óptica capaz de detectar un virus. De acuerdo con las herramientas de comunicación que existen en este tiempo, se asegura que el brote de aquel entonces se registró en el corazón de Estados Unidos y luego, desde la Costa Este, viajó a bordo de un barco militar hasta las trincheras del viejo continente. Vía Francia, un ejército de microorganismos de una diezmilésima de milímetro, como si se trataran de los destructivos agentes de una guerra biológica, se propagó por el aire y acabó por infectar a un tercio de la población mundial.

Y a pesar de tantos esfuerzos, ya lo dijo Lederberg, “los virus seguirán reinando y dándole dolores de cabeza al género humano hasta que lo lleve a cruzar aquel umbral que separa la vida de lo que hay más allá de ella”.

Lo anterior da a entender la inmensa superioridad de esa existencia microscópica en el planeta que atraviesa fronteras sin impedimento de ninguna forma, pero a la vez le recuerda al hombre de su propia vulnerabilidad y mortalidad.

Lo único que falta es que hay que recordar y estar seguros en que la pandemia del coronavirus será pasajera.

Sobre el autor:

Nicolás Viera

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