Cómo las promotoras de salud ayudan a frenar el Covid-19 en las plantas avícolas de Carolina del Norte

Con poca o ninguna protección durante la pandemia, una madre y su hija ayudan a lanzar y liderar eventos de vacunación
Victoria Bouloubasis 13 jul.,2021
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Esmeralda, trabajadora de salud comunitaria en Mount Olive, Carolina del Norte. /Foto de Bridgette Cyr.


Esta historia, publicada en asociación con Southerly, también está disponible
como un episodio de podcast en Living Downstream, donde la madre y la hija narran la historia en español, sin doblaje de voz.

Con una mano se tapa el sol y con la otra sostiene un portapapeles, así Esmeralda saluda a los carros llenos de personas que conducen hasta una clínica de vacunación rural en Dunn, Carolina del Norte. Con un saludo alegre le dice a cada uno en español: “¡Bienvenido! ¿Cómo podemos ayudarle?”

Luego dirige a los que tienen una cita hacia el estacionamiento, y les ofrece una caja de alimentos frescos y una tarjeta de regalo para pagar la gasolina. A quienes no tienen un horario asegurado, los agrega a la lista de espera y les indica dónde pueden encontrar taquitos hechos en casa, mientras esperan junto a un altavoz que toca una cumbia.

Varias veces a la semana en clínicas de vacunación para trabajadores de la industria alimentaria en el este de Carolina del Norte, en su mayoría hispanohablantes, Esmeralda está a cargo.

Mujeres como Esmeralda y su madre, Marta, han tomado las riendas en el condado donde viven en Duplin este verano, y en áreas aledañas, como promotoras de salud comunitarias reconocidas por el CDC.

Casa por casa, puerta a puerta

Todo comenzó en 2020 cuando llevaban megáfonos a los parques de casas móviles donde vivían los trabajadores de la planta avícola, para entregarles máscaras y desinfectante de manos. Ahora se están organizando de manera más formal dentro de la comunidad a través de la capacitación proporcionada por el Ministerio Episcopal de Trabajadores Agrícolas; una organización sin fines de lucro que sirve a los trabajadores en 10 condados, para tocar puertas y educar a los vecinos sobre la vacuna contra el COVID-19. Marta distribuye información a sus compañeros de trabajo en la planta avícola donde corta pollo cinco o seis días a la semana.

Esmeralda capacitó a su madre para ser promotora de salud comunitaria. Pero Marta no vino al trabajo sin experiencia: ella era enfermera militar en México antes de emigrar a los Estados Unidos en busca de un mejor salario. Los promotores de salud comunitarios como ella, dice, pueden “sembrar una confianza” con los latinos que no es tan fácil para las personas que no hablan español.

“Básicamente, es decir: ‘soy igual que usted’. Hablamos el mismo idioma”.

Sin embargo, hace un año toda la familia luchó durante semanas de cuarentena cuando Esmeralda y sus cuatro hijos contrajeron COVID-19 a través de Marta, quien trajo el virus a casa después de contagiarse en la fábrica donde trabaja. “Lamentablemente, el COVID vino a mi familia por la mala información que había en esa planta procesadora”, dijo Esmerelda.

El esposo de Marta fue un caso tan grave que tuvo nerviosa a toda la familia. Esmeralda pensaba que él, el único padre que había conocido no iba a sobrevivir.

Marta en su casa en Mount Olive, Carolina del Norte/ (Foto de Bridgette Cyr)
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Esmeralda dirige una reunión con compañeros trabajadores de salud comunitarios en el Ministerio Episcopal de Trabajadores Agrícolas sobre el impacto de su alcance en las comunidades rurales latinas durante la primavera de 2021. /Foto de Bridgette Cyr.

 

42 brotes, más de 5 mil casos

En el verano de 2020, un aumento constante en los casos de COVID-19 le dio al condado de Duplin la tasa de casos más alta del estado, lo cual los expertos atribuyeron a las varias plantas procesadoras de carne y aves de corral en esa área.

La industria alimenticia estuvo bajo escrutinio durante la pandemia a consecuencia del aumento de casos de coronavirus en las plantas. Sin una regulación estricta ni una aplicación de medidas clara, las corporaciones más grandes de la industria alimentaria tenían protección mínima en los centros de trabajo, a expensas de la salud de los trabajadores vulnerables y, en muchos casos, de sus vidas.

En octubre de 2020, varios activistas solicitaron al Departamento de Trabajo de Carolina del Norte que adoptara una medida de emergencia para proteger a los trabajadores de las plantas procesadoras de carne y de aves de corral. La comisionada de Trabajo de Carolina del Norte, Cherie Berry, rechazó la solicitud en las últimas semanas de su mandato de dos décadas. En un comunicado de prensa, dijo: “No se ha demostrado que el virus cause la muerte o daños físicos graves desde la perspectiva de un riesgo laboral”.

Pero las estadísticas oficiales dicen lo contrario. Según un informe actualizado por NCDHHS en junio de 2021, se han reportado 42 brotes de COVID-19 en instalaciones de carne y aves de corral desde abril de 2020, lo cual ha resultado en más de 5 mil casos dentro de las comunidades circundantes. Los datos muestran 23 muertes como consecuencia.

Leah Douglas de Food and Environment Reporting Network (FERN) ha estado documentando casos de COVID-19 entre trabajadores del sistema alimentario en los Estados Unidos desde abril de 2020. Su equipo encontró un intercambio por correo electrónico en diciembre de 2020 que reveló que los casos de COVID-19 eran un 75 por ciento más altos en 10 plantas de Carolina del Norte de lo que se había informado con anterioridad.

Para encontrar los datos, Douglas examinó minuciosamente los informes de noticias locales, solicitó registros y entrevistó a trabajadores y representantes sindicales. Según FERN, al 7 de julio de 2021, al menos 91 mil 199 trabajadores (de ellos, 58 mil 898 trabajadores de plantas empacadoras de carne, 18 mil 624 trabajadores de procesamiento de alimentos y 13 mil 677 trabajadores agrícolas) dieron positivo al Covid-19 y al menos 465 trabajadores (297 trabajadores de empacadoras de carne, 60 trabajadores de procesamiento de alimentos y 107 trabajadores agrícolas) han muerto.

Douglas dijo que “es casi seguro que este conteo está por debajo de las cifras reales” porque hay “problemas serios con el acceso a esa información”.

“Gran parte de esto sucede fuera de la vista pública la mayor parte del tiempo”, dijo Douglas. “Creo que este fue un momento realmente valioso e importante para los medios, los activistas y todo el mundo para esclarecer cuán interconectadas están todas estas partes del sistema alimentario”.

Sin plan para vacunar a trabajadores

Las plantas tampoco han sido claras con los empleados sobre el acceso a la vacunación. Marta dijo que, durante todo un mes, nadie en la planta avícola aconsejó a los trabajadores sobre cómo podían vacunarse. Después de sufrir COVID-19, no quería esperar. Entonces acudió a su hija Esmeralda, quien sabía exactamente cómo inscribirla.

La directora de salud del condado de Duplin, Tracey Simmons-Kornegay, dijo que el departamento de salud colaboró con “varios” empleadores de procesamiento de alimentos para ofrecer vacunas en el lugar para los trabajadores desde fines de febrero hasta fines de mayo de 2021. También se han asociado con organizaciones sin fines de lucro como AMEXCAN y NC Field para coordinar eventos públicos. Sin embargo, Simmons-Kornegay dijo en un correo electrónico que no han visitado las plantas desde fines de mayo; y que estos eventos deben ser solicitados por los empleadores.

Según Christa Leupen, portavoz de Butterball, la compañía ha “ofrecido seis clínicas de vacunación en múltiples turnos de trabajo; y ha vacunado con éxito a 600 miembros del equipo” en la planta de procesamiento del condado de Duplin en Mount Olive. Butterball tiene actualmente 2 mil 800 empleados en esa instalación.

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El condado de Duplin, Carolina del Norte, alberga al menos cinco grandes plantas procesadoras de carne y aves de corral donde la mayoría de los trabajadores son personas de color. En el condado es 23% de la población se identifica como hispana y 25% como afroamericana/ (Foto de Bridgette Cyr)
Los pollos corren sueltos en Mount Olive, Carolina del Norte. Esmeralda dice que todos sus amigos latinos tienen al menos un miembro de la familia trabajando en una planta avícola, como su mamá, Marta. / Foto de Bridgette Cyr.


En House of Raeford en Rose Hill, una planta avícola también en el condado de Duplin, el portavoz Dave Witter dijo que el departamento de salud administró las vacunas contra el COVID-19 allí en dos eventos en marzo y en abril. Las familias de los empleados también tenían la opción de vacunarse.  Witter dijo que la compañía emplea aproximadamente a mil 700 personas en Carolina del Norte que trabajan en dos plantas de procesamiento y una instalación de producción.

House of Raeford no proporcionó cifras sobre la cantidad de vacunas administradas en los eventos, debido a que según ellos el departamento de salud estaba a cargo de esos datos. Witter agregó que la compañía está considerando un evento de vacunación de verano “si nuestros empleados tienen interés”.

A pesar de las cifras y las anécdotas de la comunidad que potencialmente explican más casos de COVID-19 en plantas avícolas, los departamentos de salud del estado y locales, el departamento de trabajo y los empleadores no tienen ningún plan para vacunar a los trabajadores.

El departamento de salud tampoco ha contabilizado cuántos trabajadores avícolas han sido vacunados en el condado. “Esa es una pregunta difícil de responder”, dijo Simmons-Kornegay. “La razón es que los empleados de estas plantas pueden haber optado por obtenerlo en otro de nuestros sitios, ya sea en una de nuestras iglesias o en uno de los otros eventos comunitarios que hemos hecho”.

Los eventos de vacunación como los que dirige Esmeralda con el Ministerio Episcopal de Trabajadores Agrícolas se han vuelto cruciales para las comunidades latinas. Marta, quien forma parte de una clase trabajadora y un grupo étnico afectado de manera desproporcionada por el COVID-19; fue una de las primeras personas en Carolina del Norte en vacunarse. Pero eso no tuvo nada que ver con su riesgo o su trabajo, considerado como “esencial” durante la pandemia; fue porque ella y Esmeralda se convirtieron en promotoras de salud de la comunidad, lo cual les dio prioridad de primera línea.

Duplin: condado rural con la población latina más grande del estado
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Esmeralda camina hacia la cocina de la casa móvil donde vive su mamá durante una comida familiar al aire libre en Mount Olive, Carolina del Norte/ Foto de Bridgette Cyr.

Esmeralda y Marta están profundamente comprometidas con su comunidad y su crecimiento después de establecerse con sus familias en el condado de Duplin durante décadas, a pesar de las dificultades. Mount Olive, o Monte Olivo como lo llama Esmeralda, cuenta con exuberantes paisajes verdes y vistas idílicas. Es un lugar con letreros bilingües escritos a mano al costado de la carretera que anuncian la venta de ganado, donde los niños de Esmeralda juegan en ligas competitivas de fútbol y donde los estacionamientos de las iglesias se llenan durante la misa en español.

Pero es muy raro escuchar de primera mano las historias de mujeres trabajadoras de plantas avícolas en Carolina del Norte que se defienden a sí mismas y a sus familias. Para los inmigrantes que no hablan inglés o que viven precariamente como trabajadores indocumentados, el riesgo que corren al hablar es extremo.

La industria alimentaria está envuelta en problemas ambientales, laborales, de salud pública y que afectan el bienestar general de las comunidades del Sur. Ya sea porque los empleados trabajen en los campos en olas de calor récord o corten carne por horas y horas en fábricas con temperaturas heladas, sus vidas corren peligro en entornos poco seguros creados por sistemas que priorizan las ganancias y están respaldados por protecciones laborales poco estrictas.

Casi todas las familias que Esmeralda conoce tienen a alguien que trabaja en la industria alimentaria. Muchos recolectan tabaco y verduras en los campos; otros en las cinco grandes plantas empacadoras de carne y aves de corral repartidas por todo el condado. Marta dijo que nadie que trabaja con ella en su planta es blanco.

Casi una cuarta parte de los residentes de Duplin son latinos. Lo que lo convierte en el condado rural con la población latina más grande de Carolina del Norte. Además, más del 25 por ciento de los habitantes son de raza negra; donde se incluyen residentes afroamericanos, así como una gran población de refugiados haitianos.

Shorlette Ammons creció en el condado de Duplin en una familia afroamericana que ha vivido allí durante generaciones.

“El ritmo de la vida para mí que me crié aquí me parecía lento, pero tampoco recuerdo haber tenido el deseo de que fuera diferente”, dijo. “Pasaba el tiempo con mi familia. Y recuerdo que la comida era el centro de todo. Mis relaciones eran de trabajo y todos trabajamos en los mismos lugares”.

Sus dos tías han trabajado en plantas avícolas por más de 30 años. El año pasado, Ammons escribió un ensayo para Bitter Southerner inspirado en su trabajo: “Mi familia paga el precio de la cena de pollo en las mesas de Estados Unidos”.

“Hay una ética de trabajo intensa (…) dentro de un sistema que es injusto con nosotros constantemente”, dijo Ammons sobre el compromiso de sus tías con las plantas a pesar de las condiciones de trabajo. “Siento que es solo esa cualidad de cuidado. Particularmente las mujeres negras mayores y las mujeres latinas mayores comparten este tipo de lealtad innata (a su trabajo). Es esta expectativa de un modo de ser de súper mujer, lo que no permite que las mujeres negras sean ellas mismas y lleguen a hablar de las condiciones en las que viven todos los días”.

Video por Bridgette Cyr

Lariza Garzón, directora ejecutiva del Ministerio Episcopal de Trabajadores Agrícolas, es una de las pocas líderes latinas que trabaja con las comunidades en el este de Carolina del Norte. “Todas estas crisis ambientales para muchas personas con más privilegios son algo en lo que solo piensan en teoría. Pero son realidades muy duras para estos trabajadores”, dijo.

“Nuestro activismo es principalmente para obtener protección para los trabajadores para que tengan herramientas para alzar la voz cuando las cosas no van bien en el trabajo”, agregó. “De nada sirve que las personas se ocupen de su salud en su vida personal si van a trabajar y las condiciones no son óptimas; y tienen que trabajar hombro con hombro con otras personas”.

Garzón conoció a Esmeralda en 2018, cuando Esmeralda buscó la ayuda de la organización después de que el huracán Florence dañara su casa. Dijo que Esmeralda “nos dirigió hacia otras personas de la comunidad que también necesitaban ayuda” y la identificaron como una líder potencial para el ministerio.

“Hemos crecido mucho durante la pandemia porque Esmeralda ha podido liderar el programa (de promotores de salud comunitarios)”, dijo Garzón. “La gente confía en ella”.

Cuando llegó a Estados Unidos hace más de una década, Esmeralda dijo que no veía ninguna oportunidad. No hablaba inglés y tuvo más de una mala experiencia con el racismo. Pero ahora, dijo, “mi perspectiva como líder comunitaria me ha cambiado”.

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Esmeralda empaca cajas de alimentos frescos para que los trabajadores agrícolas y avícolas se lleven a casa después de vacunarse. “Toda la comida que traemos a nuestros hogares proviene de personas que no pueden asegurarse su propia comida”, dijo. /Foto de Victoria Bouloubasis
Sin grandes cambios

Después de un año y medio de presión pública constante por parte de los trabajadores y activistas durante la pandemia, no ha cambiado mucho a nivel estatal o federal para exigir a las empresas que ofrezcan mejores protecciones.

“Fuimos testigos de cómo las personas se ayudaban entre sí de formas en las que las agencias y organizaciones no los ayudaban”, dijo Garzón. “Mi esperanza es que este interés en la población continúe después de COVID-19 y que los trabajadores obtengan salarios y condiciones de trabajo dignas. Que tengan acceso a la atención médica y a los recursos de la misma manera que lo hacen otras personas con más privilegios”.

Garzón espera que su organización pueda desarrollar más líderes como Esmeralda, en lugar de convertirse en un lugar de facto para las necesidades básicas.

“Espero que el ministerio pueda convertirse en un centro comunitario donde las personas puedan desarrollar proyectos y ser creativas; y no porque necesiten cosas básicas como comida”.

Esmeralda mantiene un enfoque claro en su comunidad de clase trabajadora y en lo que necesitan, especialmente después de la pandemia.

“Todos esos alimentos que nos llegan a nuestras casas es muy difícil conseguirlos, aunque trabajamos con comida”, dijo. “El COVID-19 sacó a la luz las desigualdades sociales de este país. Somos una comunidad vulnerable y necesitamos apoyo. Sentimos que estamos solos, porque yo también lo he sentido. Pero ahora veo que es hora de levantar la voz. Es momento de tomar acción”.

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*Esta historia fue posible gracias a la colaboración de Northern California Public Media, Mensch Media, Southerly y Enlace Latino NC. Contamos con apoyo adicional de National Geographic COVID-19 Emergency Fund for Journalists y de Solutions Journalism Network.

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Sobre el autor:

Victoria Bouloubasis

Victoria Bouloubasis reporta para Southerly en asociación con Enlace Latino NC, sobre la intersección de los problemas ambientales y la movilidad económica en las comunidades latinx, de inmigrantes y refugiados en Carolina del Norte. Es periodista y cineasta radicada en Durham.

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