La devastación provocada por el huracán Helene en el oeste de Carolina del Norte puede verse con crudeza en Swannanoa, un pequeño pueblo del condado de Buncombe que se formó y creció en el valle del río con el mismo nombre. Un lugar con una comunidad latina en crecimiento, que hoy lucha para mantenerse en pie tras la tormenta.
Swannanoa fue lo que algunos llaman la zona cero del huracán, porque en ese estrecho valle la crecida histórica del río destruyó el pueblo casi en su totalidad. Y también se llevó la vida de muchas personas. Pero también sus casas, sus recuerdos y -quizá sobre todo- el esfuerzo que durante años las familias hicieron para poder construir una vida digna en una zona que hoy se ve devastada.
En Swannanoa viven apenas unas 8 mil personas y casi el 12 por ciento de la población se identifica como hispano o latino, según los datos del último censo. Entre ellos se encuentran las familias de Daniel Rueda y Paulina Hernández, de Beatriz Miguel de la Cruz y Eric Cruz, y de Ofelia Ortiz Sánchez.
Las tres familias vivían en casas móviles en distintos parqueaderos o terrenos del pueblo, algunas muy cerca del río, otras a cien metros. En los tres casos las casas desaparecieron: se las llevó el río. Con Enlace Latino NC recorrimos junto a estas familias el lugar que antes llamaban hogar y les preguntamos cómo hacen -hoy- para reconstruir sus vidas y seguir adelante.
Aquí sus historias.
Seguir trabajando: la única opción

El río Swannanoa se llevó las siete casas móviles que Daniel Rueda y Paulina Hernández habían logrado comprar en casi dos décadas de trabajo. Todo lo que poseían —muebles, herramientas, hasta las ventanas y puertas que guardaban para construir una casa propia— se fue con la corriente.
Ahora viven en el sótano de la iglesia hispana La casa del Alfarero, mientras siguen trabajando, apoyan a la comunidad y esperan reconstruir lo que perdieron.
“Este es el parqueadero donde vivíamos. Aquí teníamos siete trailers. Aquí nacieron y crecieron mis hijos. Teníamos 19 años aquí”, cuenta Daniel Rueda a Enlace Latino NC mientras caminamos por lo que antes era una comunidad y hoy es una zona de desastre.
Daniel y Pualina estaban seguros: allí verían crecer a sus nietos y, como antes lo hicieron con sus hijos, les enseñarían a nadar en el río. El matrimonio había logrado ser dueño de las 7 casas móviles que existían en el parqueadero. Una la habitaban ellos junto a su hijo Conner de 12 años y el resto las alquilaban -dos de ellas a sus otros dos hijos, ya mayores con familia propia, y el resto a diferentes inquilinos.
Hoy ya no les queda nada. El viernes 27 de septiembre el río Swannanoa se llevó 5 de las casas. Otras dos quedaron en pie pero arruinadas. Los sitios donde estaban los trailers ahora son tierra y moho. Ni siquiera quedaron los restos de las casas.
Sin embargo, Daniel se muestra positivo. “No queda de otra. Todo lo que tuvimos lo conseguimos trabajando, y así vamos a salir adelante,” dice Daniel, mirando el terreno vacío donde alguna vez vivió su familia.
Tanto él como su esposa son originarios de Veracruz, México, y actualmente cuentan con la Visa U, una visa especial otorgada a víctimas de ciertos crímenes en Estados Unidos que les permite residir y trabajar legalmente en el país. Sus dos hijos mayores también perdieron su casa, pero la familia sigue adelante con la esperanza de reconstruir lo perdido.
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Sin papeles, sin ayuda

Beatriz Miguel de la Cruz siente que ella y su familia en este momento están solos.
El huracán los dejó sin casa y hoy viven en una habitación prestada en el centro de Asheville. También la dejó a ella con la sensación de que como migrantes sin papeles en Carolina del Norte, recuperarse les costará el doble.
“La diferencia es muy grande y muy obvia”, dice Beatriz, con la certeza de alguien que sabe que las barreras de su condición migratoria son tan reales como el desastre que los despojó de todo.
Residente de Swannanoa desde hace quince años, sin documentos y sin ayuda oficial, Beatriz asegura que, a pesar de que sus hijos son ciudadanos americanos, la aplicación para recibir ayuda de FEMA les fue negada.
“Me piden más papeles y todo lo perdí en la tormenta. Vino un inspector y vio que la casa ya no está. Siento que me complican todo”, contó a Enlace Latino NC.
Beatriz tiene 37 años y trabaja en asilo para personas mayores en Asheville: allí es donde las prestaron una habitación para que viva junto a su marido y sus tres pequeños hijos durante un tiempo. Su esposo Erik trabajaba en un hotel antes del huracán, pero en este momento se encuentra sin trabajo y se dedica a limpiar el terreno donde habían podido construir una casa propia.
“Septiembre es un mes de lluvias, así que no vi nada raro en eso,” recuerda Beatriz. La madrugada del 27, “a eso de las tres de la mañana nos llegaron las primeras alertas,” pero ni ella ni su esposo las tomaron en serio. Como tantas otras veces, confiaron en que la tormenta pasaría.
Beatriz salió a trabajar como de costumbre a las 5:30, dejando a Erik y a los niños en casa. Apenas media hora después, Erik la llamó: “Ya se fue la luz,” le dijo. Ella sintió el primer asomo de miedo.
Minutos después, Erik evacuó a los niños a un punto más alto, pero el agua siguió creciendo. “La camioneta ya se fue,” le avisó mientras veía cómo la corriente arrastraba el vehículo. Después, llegó la noticia devastadora: “La casa se fue.”
Atrapada en el trabajo y sin comunicación hasta las tres de la tarde, Beatriz solo pudo reencontrarse con su familia al final del día. “Sin casa, pero con mi hogar que son mis hijos” contó emocionada.
A pesar de todo, los planes son claros: “Vamos a seguir trabajando, ya sea para construir algo nuevo o para comprar otra casa móvil. El terreno es nuestro, y aquí nos vamos a quedar.”
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Con el agua hasta la cintura

La mañana del 27 de septiembre, Ofelia Ortiz Sánchez miró por su ventana y vio la casa del perro cubierta de agua. “Levántate, que me parece que el perro se ahogó” le dijo a su marido. No había tiempo para mucho: lograron apenas rescatar algunos papeles y un auto mientras el agua seguía subiendo.
Todo lo demás —las camionetas de trabajo, el mobiliario, los electrodomésticos— quedó atrapado en la corriente. “No tuvimos tiempo para nada más, nos fuimos con lo puesto, sin zapatos” recuerda Ofelia. Ella y su esposo, junto con dos de sus tres hijos, abandonaron su hogar cuando el agua ya les llegaba por la cintura.
Ayuda para las familias afectadas
Para ayudar a las familias de este artículo, los lectores que lo deseen pueden hacerlo a través de las recaudaciones de fondos detalladas a continuación:
–Daniel Rueda y Paulina Hernández
–Familia de Beatriz Miguel de la Cruz
–Familia de Ofelia Ortiz Sánchez
Las alertas habían llegado, pero se confiaron. “Pensamos que no sería tan fuerte, como siempre, y nos quedamos”, admite Ofelia, que ha vivido en Carolina del Norte durante 25 años y hasta ahora nunca el agua había alcanzado su casa.
Lo que más le duele son los recuerdos perdidos. Cuando finalmente salieron, dejaron atrás no solo una casa, sino también “todos los recuerdos de mis hijos desde que eran pequeñitos, todas las fotos. Tenía una caja llena de eso y no la pudimos sacar.”
La familia está compuesta por Ofelia (47), su esposo Nicanor Batalla Díaz (49), y sus tres hijos (Cristal de 25 años, Alejandro de 22 y Joan de 13). Juntos intentan reconstruir lo que quedó: un auto y la esperanza de encontrar un nuevo lugar para vivir. Temporalmente, viven en un cuarto prestado en la casa de la hermana de Ofelia, pero saben que no pueden quedarse allí para siempre.
“Es difícil, no hay nada disponible,” dice ella, reflexionando sobre el próximo paso, mientras él busca trabajos de pintura. Tanto ella como su marido son migrantes mexicanos sin papeles. Viven hace 25 años en Swannanoa, Carolina del Norte.
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Swannanoa: la zona cero de Helene

En Swannanoa, la comunidad latina que reside en los parqueaderos de casas móviles junto al río del mismo nombre ha vivido uno de los peores desastres en su historia. El huracán Helene trajo lluvias sin precedentes, con más de 30 pulgadas acumuladas en algunas áreas de Carolina del Norte, lo que provocó que el río Swannanoa se desbordara a niveles críticos, alcanzando una altura de 7 pies sobre su nivel habitual.
Este aumento súbito arrasó con viviendas, y en particular afectó a los residentes de las casas móviles, quienes vivieron la tragedia de ver sus hogares destrozados o llevados por la corriente. La crecida golpeó con tal fuerza que arrastró vehículos y dejó escombros acumulados en torno a los hogares que aún permanecen de pie, cubiertos de lodo y destrozos.
Para estas familias, muchas de las cuales dependen de empleos en la construcción y servicios esenciales, la pérdida ha sido devastadora, afectando no solo sus viviendas, sino también su estabilidad laboral y acceso a recursos básicos. La tragedia ha resaltado la vulnerabilidad de las comunidades latinas en áreas de alto riesgo, donde los efectos de desastres naturales se sienten con mayor intensidad debido a la precariedad de las viviendas y la proximidad al río.



