Rafaela Palma Rosales vivió diecisiete años en la misma casa antes de que el agua se lo llevara todo. La noche del huracán Helene comenzó como cualquier otra: su pareja salió a trabajar, la lluvia caía con fuerza, pero nada que no hubieran visto antes. Hasta que el agua empezó a subir. Primero cubrió el suelo, luego llegó a las rodillas, y cuando Rafaela abrió la puerta, su hijo ya estaba gritando que se fueran.
“Nunca, nunca había subido el agua tan alto como en esta ocasión”, recuerda Rafaela a Enlace Latino NC. “Cuando me di cuenta, las cosas dentro de la casa ya estaban flotando. Salimos con lo que pudimos agarrar en una mochila, nada más”, agregó.
Perdieron camas, estufa, refrigerador, computadoras, documentos. Aunque la casa móvil siguió en pie (muchas otras han sido arrastradas por el agua), se arruinaron los pisos, las paredes y todas sus pertenencias personales.
Pero lo que más duele, dice Rafaela, es haber perdido todas las fotos y recuerdos de su madre, fallecida recientemente en México.
Rafaela vive con su pareja, Judith López, y su hijo, Irving Palma, en un parqueadero ubicado entre Asheville y Hendersonville, al Oeste de Carolina del Norte.

Sin apoyo federal
En este barrio, donde muchas familias latinas se han establecido en los últimos años, la mayoría de las viviendas son alquiladas y particularmente vulnerables a los efectos del clima extremo.
En esa zona, la mayoría de los residentes son inmigrantes que trabajan largas jornadas en la construcción, la limpieza o fábricas cercanas.
Rafaela y su pareja no tienen documentos y, como muchos en su comunidad, no califican para asistencia federal tras el desastre.
La reconstrucción ha sido posible gracias a la ayuda de organizaciones locales. Beloved Asheville, liderada por Ponko Bermejo, y el Comité de Asheville por la Justicia Social, con Víctor Álvarez, coordinaron donaciones de materiales, alimentos y mano de obra voluntaria.
“Si no fuera por ellos, no tendríamos ni dónde dormir”, dice Rafaela.
Su casa aún necesita reparaciones, pero después de meses de incertidumbre, tiene un techo donde pasar el invierno, aunque todavía hoy sigue sin conexión de agua caliente.
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Una comunidad solidaria
La madrugada del 27 de septiembre, el agua del arroyo detrás de la casa de Rafaela subió rápidamente, uniéndose con Hooper Creek, el curso más grande que cruza el vecindario. El agua inundó viviendas en minutos.
“Pasa nada más una cosita de nada de agua por aquí, pero esa noche subió como nunca. En un momento todo se lo estaba llevando”, recuerda Rafaela.
Su hijo, Irving, no dudó en actuar. Tomó el kayak que tenían en casa y comenzó a rescatar a vecinos atrapados. Primero sacó a una mujer y su hija de cinco años, después ayudó a salvar a varios perros que habían quedado encerrados en una vivienda.
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Mientras tanto, Rafaela corrió a pedir ayuda. En el caos, una familia americana quedó atrapada en el techo de su casa, gritando por auxilio.
“Me fui a buscar ayuda, me caí dos veces, pero me levanté. No era momento de llorar”, cuenta.
Consiguió que un vecino trajera una lancha y, con la ayuda de otros voluntarios, lograron rescatar a la familia.
El agua bajó tan rápido como subió, pero dejó tras de sí un rastro de destrucción. Sin tener adónde ir, Rafaela, su pareja y su hijo levantaron una carpa en el terreno.
“Nos quedamos ahí, en parte porque no teníamos dónde ir, en parte para cuidar nuestras cosas”, explica.
“Ya tenemos un techo, y eso es lo más importante”
Después de semanas durmiendo a la intemperie, finalmente recibieron una casa rodante donada por voluntarios de BeLoved Asheville.
“A mí me prestaron una casa rodante que tengo aquí. Pero ahorita que hace demasiado frío, me vine aquí a la ‘traila’ (casa móvil), aunque no está toda terminada, pero está un poquito más caliente”.
Con el nuevo refugio, la reconstrucción de su hogar en Fletcher avanzó poco a poco.
La comunidad se organizó para ayudar: voluntarios levantaron paredes nuevas, instalaron ventanas y aseguraron el techo.
Sin acceso a asistencia federal, cada avance ha dependido del esfuerzo colectivo. “Tengo a muchas personas que les toqué el corazón y me han ayudado”, mencionó Rafaela.
Aunque ya cuenta con refrigerador y estufa, su casa sigue sin agua caliente para bañarse. Además, la puerta principal sigue dañada y el porche de entrada colapsó con el agua.
Aún así, con la casa rodante como refugio temporal y el apoyo de su comunidad, Rafaela mantiene la esperanza:
“Dios me bendijo con gente buena. Ya tenemos un techo, y eso es lo más importante”.

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Sin hogar después del huracán
El huracán Helene dañó aproximadamente 126,000 hogares en el oeste de Carolina del Norte, dejando a cerca de 12,000 personas sin un lugar estable donde vivir.
Casi cinco meses después, muchas siguen en una situación precaria, sin una solución permanente a la vista.
Para cientos de inmigrantes sin documentos, acceder a ayuda federal o estatal no es una opción. En ausencia del gobierno, la comunidad se ha organizado.
BeLoved Asheville, una organización de base en la ciudad, ha sido clave en la respuesta a esta crisis, brindando apoyo directo a familias como la de Rafaela.
“Seguimos encontrando gente viviendo en sus casas con mucho daño, casas donde cayó un árbol, o gente que sigue en su carro. Vemos familias que están en pequeñas casas rodantes, pero el frío es muy fuerte porque el aislamiento no es el mismo que en una casa”, explicó Ponkho Bermejo a Enlace Latino NC.
“Hay mucha gente todavía viviendo en humedad, con moho negro adentro de sus casas, lo que puede ser muy perjudicial para las familias y los niños”, señaló.

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Proceso de recuperación sigue siendo desigual
Desde que comenzó el invierno, BeLoved Asheville ha distribuido 5,000 calentadores y alrededor de 500 vales para tanques de gas, permitiendo que muchas familias puedan mantenerse calientes.
También han entregado varias casas pequeñas y están reconstruyendo 30 casas en diferentes comunidades de la región, incluyendo Swannanoa, Black Mountain, Fletcher, Hendersonville y Leicester. Sin embargo, el proceso de recuperación sigue siendo desigual.
“Muchas de nuestras familias aplicaron a FEMA, pero les negaron la ayuda. Entonces, buscamos la segunda opción”, mencionó Bermejo.
“Nosotros tratamos de ayudar lo más que podemos. Hay quienes nos piden solo material porque saben hacer el trabajo, así que compramos lo que necesitan y se los llevamos. Otros no saben nada de construcción, entonces mandamos a nuestro equipo”, comentó.

Excluidos de la ayuda de FEMA
Dado que FEMA es un programa de asistencia federal, para acceder a estos fondos es necesario presentar un número de Seguro Social.
Salvo, que dentro del núcleo familia tengan un hijo ciudadano de Estados Unidos o que califique, para recibir la ayuda, la mayoría de los inmigrantes sin documentos quedan excluidos de los apoyos federales.
Más allá de la reconstrucción material, la crisis ha provocado un cambio dentro de la comunidad.
BeLoved Asheville no solo está reconstruyendo casas móviles destruidas por el huracán, sino que también ha contratado trabajadores latinos para hacer el trabajo, algo poco común en la industria.
“Tenemos trabajando gente latina. Por eso es algo bien poderoso, porque usualmente los latinos no trabajan para otros latinos en construcción. Pero ahora estamos pagando a latinos para que trabajen en los hogares de su propia comunidad. Los baños están quedando hermosísimos. La gente nos dice que están quedando mejor de como estaban antes”, explicó Bermejo.
Pero más allá de los materiales, hay algo más profundo en esta reconstrucción. “La promesa es estar ahí hasta el último clavo y el retrato de la familia. Porque muchas de estas familias lo perdieron todo, incluso sus fotos”, dijo
“Pero vamos a estar ahí hasta colgar el último cuadro en la pared”, señaló.

La comunidad ayuda a la comunidad
Mientras BeLoved Asheville trabaja en la reconstrucción de casas, otras organizaciones comunitarias también han jugado un papel clave en la recuperación.
Muchas familias latinas, en su mayoría inmigrantes sin documentos, quedaron sin hogar y sin acceso a ayuda federal o estatal.
En ausencia de apoyo gubernamental, el Comité Popular de Asheville por la Justicia Social se convirtió en la primera línea de respuesta.
“A los dos días del huracán, ya estábamos recorriendo las comunidades para ver dónde había más necesidad. La mayoría de la gente que apoyamos no podía calificar para ayuda de FEMA. Nos organizamos rápido porque ya teníamos conexiones con la comunidad desde hace años”, explicó a Enlace Latino NC, Víctor Álvarez, miembro del Comité Popular por la Justicia Social de Asheville.
El trabajo de la organización ha sido crucial en la recuperación de muchas familias.
Distribuyeron calentadores, generadores y paneles solares en los lugares más afectados, además de recaudar fondos para ayudar a 90 familias con cheques directos de $600.
“Nos ofrecieron ayuda para nosotros, pero dijimos que preferíamos que el dinero fuera para quienes lo perdieron todo. Así nació el fondo de emergencia”, contó Álvarez.

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Solidaridad dentro de la comunidad
Además del apoyo material, la solidaridad dentro de la comunidad ha sido clave.
“Ahora, muchas familias que lograron recuperarse están ayudando a otras. Nos dicen: ‘A mí ya me ayudaron, ahora quiero apoyar a alguien más’. Y eso es lo que nos mantiene fuertes”, agregó Álvarez.
Mientras muchas familias aún siguen en la lucha por reconstruir sus vidas, el mensaje de la comunidad es claro: si el gobierno no ayuda, nos ayudamos entre nosotros.
La recuperación aún está lejos de terminar, pero para Rafaela y cientos de familias más, la verdadera respuesta no vino del gobierno, sino de su propia gente.



