Por Andressia Ramirez/Beacon Media

“¿Qué te da esperanza?”

Es una pregunta que había llegado a temer. Estos días surge constantemente en espacios de abogacía, en todas partes de Carolina del Norte. Siempre encuentro una respuesta, pero la verdad es que no me había sentido realmente esperanzada en mucho tiempo, hasta hace poco.

El último año ha sido emocionalmente devastador. Las personas indocumentadas siempre han vivido con miedo, arraigado en la falta de un simple documento que determina si la vida de alguien es útil o desechable.

Actualmente, agentes federales detienen a las personas por su imagen, por como se ven, no por lo que han hecho. Estamos viendo cómo ciudadanos estadounidenses son asesinados por agentes federales de inmigración.

La gente está empezando a comprender que nadie está seguro. Comunidades enteras están cancelando sus citas médicas.

Padres y madres no están llevando a sus hijos a la escuela. La gente está faltando al trabajo, no porque quiera, sino porque la supervivencia requiere precaución. El miedo se ha convertido en un cálculo diario. 

Conozco esta sensación íntimamente. Y no solo desde este año. 

Mis papás emigraron de Querétaro, México, y se establecieron en el condado de Wilson, Carolina del Norte, cuando yo tenía 8 años.

Recuerdo que en la primaria me enteré de que mi mamá era indocumentada. A partir de ese momento, se convirtió en nuestro mayor secreto.

No podía contárselo a nadie porque el que alguien lo supiera podría ser una amenaza. Mis hermanos y yo crecimos entendiendo que nos podían quitar a nuestra mamá sin previo aviso. 

Aprendimos a escuchar atentamente, a guardar silencio, a cargar con el miedo sin dejar que se notara.

Durante la mayor parte de mi vida, mantuve una esperanza: que algún día mi mamá se convirtiera en ciudadana.

En la preparatoria, sentía una necesidad abrumadora de ser la mejor estudiante, para que algún día pudiera solicitar la ciudadanía para ella.

Mi mamá obtuvo su tarjeta de residencia el año en que me gradué de la universidad en 2019, y se convirtió en ciudadana en 2025.

Pensé que la ciudadanía  de mi mamá se sentiría como un triunfo. Que finalmente podría respirar libremente, que estábamos a salvo, que ya no viviría con miedo.

Pero a raíz de las elecciones del 2024, me di cuenta de que ni siquiera la ciudadanía borra el trauma, el agotamiento y la paranoia que cargan las familias inmigrantes como la mía.

En este momento, el miedo persiste por una razón dolorosamente clara: no importa si eres ciudadano estadounidense. Las recientes medidas federales de control de inmigración han demostrado, una y otra vez, que la ciudadanía no te protege.

Lo que he aprendido en los últimos meses es que la esperanza no se encuentra en un documento o en un estatus legal.

La esperanza vive en las personas. Vive en los vecinos que se organizan para conocer sus derechos, en los voluntarios que se unen a redes de respuesta rápida y en los líderes locales que se oponen a las políticas que hacen que nuestras comunidades sean menos seguras.

En mi caso, la encontré en casa en noviembre mientras apoyaba lo que fue la primera protesta liderada por jóvenes en Wilson.

Estábamos en plena oleada de agentes federales durante lo que ellos llamaron Operación Charlotte’s Web y había rumores de que el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Estados Unidos (ICE) se estaba expandiendo a el este de Carolina del Norte.

Los estudiantes de las escuelas preparatorias locales respondieron organizando una manifestación. Hicieron todo, desde trabajar con sus maestros para garantizar que la manifestación no pusiera en riesgo  sus prospectos a  futuro, hasta pintar pancartas y conseguir un orador.

Todos tenían miedo, pero nos animábamos los unos a los otros para ser valientes.

Y no solo eran estudiantes latinos. Había jovenes negros, blancos, gente de diversos orígenes y edades que se unieron. 

La multitud estaba entonando consignas  cuando de repente, alguien me pasó el megáfono. No tenía pensado dirigir los lemas de protesta. Sentí un nudo en la garganta . Llegué a pensar que intentaría gritar y no me saldría nada. A pesar de mi relativa seguridad y experiencia, me sentía insegura.

Grité por el megáfono: “¿Si ICE viene a Wilson, qué hacemos!?”

“¡Levantarnos y Luchar!”, gritaron. 

Sentí una oleada de orgullo. Y una nueva respuesta a la pregunta sobre qué me daba esperanza. Quiero que estos estudiantes reconozcan el poder que tienen, y el poder que nos están dando a nosotros.

Odio que los adolescentes se vean obligados a protestar. Lamento profundamente que lleven consigo el mismo miedo que a mí me paralizó.

Me preocupa que si no hacemos algo al respecto ahora, seguirán sintiendo ese miedo en 10 años. 

Cuando tenía su edad, sostuve mi primera pancarta de protesta suplicándole a este país que viera a mi madre indocumentada como un ser humano. Rogué por seguridad. Por aceptación. Por el derecho a existir en el único hogar que he conocido. Nunca imaginé que vería a jóvenes, casi una década después, luchando una versión diferente de la misma batalla. 

Y sin embargo tengo esperanza. Y aunque detesto que tengan que asumir esta lucha, estoy agradecida con los jóvenes de mi comunidad por defendernos a todos. 

Estoy viendo cómo la próxima generación crece con claridad, valentía y convicción. Me recuerdan al fuego que una vez llevé dentro antes de que demasiadas derrotas lo apagaran.

>>> What if we aren’t as divided as they say?

>>> Ask politicians: What are you doing for renters?

Entre nosotros  decimos “vivir en las sombras”. Pero la próxima generación se niega a hacerlo y se eligen los unos a los otros  en lugar del silencio, la comunidad en lugar del aislamiento. Y mientras sigamos construyendo poder a través de las comunidades, a través de los idiomas y a través de los condados las sombras nunca podrán atraparnos otra vez.

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Andressia Ramírez trabaja  en el Centro de Justicia de Carolina del Norte. Fue criada en Wilson, Carolina del Norte, por padres originarios de Querétaro, México.

Esta columna es distribuida por Beacon Media y está disponible para su reproducción gratuita en todas las plataformas bajo las directrices de Beacon Media.

El presente artículo constituye una expresión de opinión personal y no refleja necesariamente las posturas ni políticas institucionales de la organización Enlace Latino NC. Su propósito es fomentar el debate y el intercambio de ideas en torno al tema abordado.

La responsabilidad por las opiniones vertidas en este texto recae exclusivamente en su autor(a), quien las emite con base en su conocimiento, experiencia y análisis personal del asunto tratado.

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